AUTORA: Christa Wolf
TRADUCCIÓN: Marina Bornas
ISBN: 978-84-10178-99-1
Nº PÁGINAS: 72
FORMATO: 17,5 x 11,5 cm
Una pequeña joya de la literatura alemana
El último relato de una gran escritora del siglo xx, un homenaje a la vida y al recuerdo.
En 2011, poco antes de morir, la escritora Christa Wolf decidió rendir homenaje a su marido con un regalo muy especial por su sexagésimo aniversario de casados. Se trataba de August, una pequeña joya de la literatura alemana inspirada en los recuerdos de infancia de la autora.
Tras el fin de la segunda guerra mundial, un huérfano de ocho años que ha escapado de Prusia Oriental ingresa en un remoto sanatorio para tuberculosos instalado en un antiguo castillo. Allí conoce a Lilo, una adolescente que irradia valentía y ternura. Décadas más tarde, mientras conduce un autocar a orillas del Elba, August revive aquel tiempo: el descubrimiento de la amistad, la fragilidad de la inocencia, la belleza de un gesto amable en un mundo devastado por la guerra.
«El último libro de Christa Wolf es indefinidamente bello, y a la vez conmovedor y luminoso. » Annie Ernaux
«’August’ es una novela corta —o relato largo— marcada por la belleza y por la tristeza de un protagonista inolvidable.» (Zenda)
«’August’, la última y brevísima novela de la escritora alemana Christa Wolf es una historia de amor y también una bella y contenida carta de despedida.» Ricardo Dudda (The Objective)
«Una de las más bellas historias de Christa Wolf. Tan tierna y elegante, fresca, concisa y cálida, todo al mismo tiempo. » Frankfurter Allgemeine Zeitung
SINOPSIS
Primer amor y primeras penas
«’August’, la última y brevísima novela de la escritora alemana Christa Wolf es una historia de amor y también una bella y contenida carta de despedida»
El protagonista de August (publicada en 2011 y ahora rescatada por Libros del Asteroide), la última y brevísima novela de la escritora alemana Christa Wolf, me recuerda mucho a mi padre. Ambos nacieron en Prusia Oriental durante la Segunda Guerra Mundial y ambos fueron niños refugiados, aunque mi padre consiguió reunirse con sus padres tras la guerra y August se quedó huérfano. Ambos eran niños esqueléticos; a mi padre le decían que se podía tocar el acordeón con sus costillas. Y ambos soñaban con patatas hervidas y, sobre todo, con caramelos de remolacha: ese fue el regalo que le hizo mi abuela a mi padre en su quinto cumpleaños, en mayo de 1945. A finales de los años 40, mi padre vivió en un castillo que expropió el Estado para alojar a familias de refugiados, y en la misma época August vivió en un castillo lleno de enfermos pulmonares. Allí conoció a la adolescente Lilo, trasunto de Wolf, que vivió tras la guerra en ese «castillo de las polillas», rodeada de niños y jóvenes que morían poco a poco por la tuberculosis. Allí todo el mundo arrastraba una pena, pero muy pocos la purgaban en público. «Son cosas que uno debe resolver consigo mismo», dice uno de los personajes.
De Wolf lo que más ha trascendido, desgraciadamente, es su posición política: su literatura más o menos comprometida con la RDA (pero nunca mecánica ni remotamente parecida al realismo soviético), su polémico libro Lo que queda tras la caída de la URSS, donde desvela que la Stasi la espió. En esta pequeña novela no hay nada de eso. Es la historia de un «hombre superfluo», conductor de autobús viudo del Este de Alemania, que rememora su infancia de refugiado. No siente la nostalgia prusiana que comparten muchos de los expatriados de esa región, que desapareció con la guerra. No ha vuelto nunca al pueblo de su infancia: «Ya ve lo que quiere ver» en su imaginación, donde siempre es verano. A veces el personaje de August recuerda al protagonista de Stoner, la novela de John Williams, o a alguna más reciente como la estupenda Brian, de Jeremy Cooper: son seres solitarios, sencillos, sin grandes pretensiones, en cierto modo niños grandes.
Pero August es sobre todo una historia de amor, de un primer amor no correspondido. «Quizá aprendió lo más importante de toda su vida muy pronto, con la ayuda de una persona por la que sentía algo que no sabía expresar con palabras», escribe Wolf. El joven August tiene ocho años y tiene celos de los pacientes a los que cuida con cariño Lilo, que ejerce de enfermera aunque está en el hospital como interna.
Y es, también, una bella y contenida carta de despedida. «¿Qué puedo escribirte, querido, salvo unas cuantas hojas carcomidas de recuerdos de la época en la que aún no nos conocíamos?», le escribió Christa Wolf a su marido Gerhard el 28 de julio de 2011. La novelita August era su regalo de aniversario de boda. «Sin ti sería otra persona. Pero eso ya lo sabes. Las grandes palabras no son habituales entre tú y yo. Solo diré esto: he tenido suerte». Unos pocos meses después, el 1 de diciembre de 2011, falleció a los 82 años.
Ricardo Dudda
The Objective
LA AUTORA
La historia personal de Christa Wolf (1929-2011), novelista, ensayista y guionista, fue, en muchos sentidos, la historia de la Alemania precaria de posguerra. Si las heroínas o protagonistas de sus novelas lloran tanto es porque había muy pocos
motivos para alegrarse. Nacida en 1929 en la entonces Prusia Oriental, hoy Polonia, la familia de Wolf huyó del Ejército Rojo al final de la guerra
y, por pura casualidad, terminó en la zona rusa. Mientras existió Alemania Oriental, Wolf fue una escritora de Alemania Oriental. Pero no perteneció solo a ella, desde su muerte empezó a extenderse una y otra vez el lamento de que nunca una autora
alemana había logrado captar la atención de tantos compatriotas de uno y otro lado.
Partiendo de los inicios, Wolf entendió la literatura como un arma de interrogación ética. En «Noticias
sobre Christa T.» (1968), la reflexión sobre la identidad y la enfermedad se convertía en un cuestionamiento del discurso oficial de la RDA; en «Casandra» (1983), una relectura del mito clásico, servía para examinar las estructuras del poder y
la violencia. Esa tensión entre conciencia individual e historia colectiva recorre toda su obra y alcanza en «August», este pequeño pero gran libro póstumo que ahora publica Asteroide, formas depuradas, casi transparentes. Se trata de una anécdota mínima pero bellamente expresada donde no hay grandes alegorías ni armazones míticos, apenas la evocación de un niño despla-
zado tras la Segunda Guerra Mundial y acogido en un entorno que es refugio y, al mismo tiempo, desarraigo. Por primera vez, la mujer no
es protagonista para Wolf.
Es inevitable leer esta preciosa novelita como un eco de la biografía de la propia escritora, cuya trayectoria estuvo marcada por el compromiso con el socialismo y por las controversias en torno a su relación con el aparato cultural del Estado. Pero reducir su obra a esas coordenadas políticas sería empobrecerla. Lo que distingue a Wolf es su obstinación en explorar la responsabilidad individual en contextos históricos adversos como
los que ella vivió. «August» prosigue esa exploración desde el ángulo íntimo de la responsabilidad de quien recuerda e intenta, a la vez, comprender retrospectivamente la vulnerabilidad de otro.
El libro, escrito poco antes de morir como regalo a su marido en el sexagésimo aniversario de casados, es también un homenaje a los niños desplazados por la guerra, cuya experiencia quedó tantas veces diluida en el relato épico de la reconstrucción; también, un homenaje a la fragilidad como condición humana; y, acaso, a
la propia literatura como espacio de resistencia frente al olvido. Wolf parece sugerir que escribir es un modo de cuidar lo que el tiempo amenaza con borrar. Aunque ese cuidado no implique la apropiación, porque la figura del niño que revive, décadas más tarde, los recuerdos junto a la adolescente Lilo, ya como conductor de un auto-
bús a orillas del Elba, permanece en parte inaccesible, como si la autora quisiera respetar el núcleo irreductible de toda vida ajena. Y toda su dimensión ética.