Poeta chileno

22,90  IVA incluido

AUTOR               ALEJANDRO ZAMBRA

ISBN                    978-84-339-9893-4

PÁGINAS            424
El laberinto masculino actual, los trágicos vaivenes del amor, las familias –o familiastras– fugaces, la omnipresente desconfianza en instituciones y autoridades, el deseo valiente y obcecado de pertenecer a una comunidad en parte imaginaria, el sentido de escribir y de leer en un mundo hostil que parece desmoronarse a toda velocidad… Son muchos los temas que este libro hermoso, contundente y desenfadado pone encima de la mesa. Autor de obras que se han vuelto emblemáticas, como Bonsái, Formas de volver a casa, Mis documentos o Facsímil, Alejandro Zambra regresa en grande a la novela con este libro que lo confirma como una de las voces fundamentales de la literatura latinoamericana en lo que va de siglo.
Editorial

ANAGRAMA

SINOPSIS

Como Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es especialista en provocar mi sorpresa de
partida para conducirme, finalmente, a los territorios que sé suyos y en los que acostumbra a
ser buenísimo, supongo que no debería resaltar
la extrañeza inicial que supuso para mí toparme
con una novela extensa firmada por él (sin
que llegue al tocho) guiada por un narrador
en tercera persona que no se sirve de virguerías
formales o estructurales, más allá de su cercanía amable y un tono de complicidad desmitificadora. ¿Por qué no iba Zambra, gran jugón de las posibilidades de cada modalidad textual, a saltarse también sucostumbre de la forma breve? Y con mayor motivo, cuando decide escribir una narración sobre poesía y poetas.

Me explico: en una escena clave de esta
magnífica Poeta chileno, sus dos protagonistas
mantienen una conversación hecha de ritmos alternos, algún silencio significativo, y muchos
nombres de autores y títulos de obras enhebrados sin pedantería. En ese diálogo mencionan una carta de Ezra
Pound en la que aseguraba que los poemas recogen “la parte buena de las novelas”, y “las cuatrocientas páginas restantes son puro relleno y aburrimiento”. Pues bien, Poeta chileno alcanza las cuatrocientas veintiuna páginas, cifras que no parecen casualidad sino más bien un juego y una confesión irónica del reto asumido por su autor: tal vez hay novelas que se forjan en el relleno y el aburrimiento de la vida, y sacan de ahí una materia sustancial y divertida. En el caso de este nuevo libro de
Zambra, ni duda cabe de que contiene bastante más de nueve páginas excelentes.

La novela consta de cuatro partes, que podríamos resumir así: conocemos a Gonzalo, aspirante a poeta chileno; asistimos a su relación adulta con Carla y el
hijo de ella, un crío llamado Vicente; nos reencontramos con ese mismo Vicente cuando, ya en sus dieciocho años, aspira a ser poeta chileno; en cuanto a la parte final, tal vez el lector pueda intuirla ya, pero aquí nos abstenemos de desvelarla. En estos movimientos, que
a lo tonto nos llevan de 1991 a 2014, el narrador despliega un revelador olfato para el tono menor, íntimo, doméstico, un talento que puntúa con confesiones en apariencia casuales sobre sus propias limitaciones
o deseos: es un narrador amigo, consciente de
que sus personajes no hacen nada muy distinto de lo que hacemos todos: se enamoran o al menos se convencen de estar enamorados, se traicionan casi sin
desearlo, son cretinos o encantadores de un modo que no cabe generalizar del todo, fracasan inevitablemente
en algún parámetro o en muchos, tienen sexo
bueno o malo…

En ocasiones, asistimos a los momentos importantes de sus vidas, pero otros muchos se nos cuentan de pasada. Hay al menos tres temasque parecen vertebrar el libro
por encima de otros, y están íntimamente conectados: uno es el Poeta chileno con ese padrastro y ese hijastro
que no aciertan a definir del todo el vínculo que los une, ni sopesan con demasiada exactitud hasta qué punto los define o influye. El otro es el de una masculinidad vacilante en el cambio de milenio (la eyaculación precoz es el primero de los muchos motivos que la ejemplifican),
con un machismo más que superviviente taponando
s otros modos dubitativos de estar en el mundo.
Y el tercer tema, que como digo tiene una relación íntima con los otros, es el del sentido comunitario, de pertenencia a un país, gremio, generación, género, clase social o familia (cuestiones bastante zambrianas, por cierto, a lo que formalmente se añaden pequeños detalles  que también reconocemos típicos del autor: el uso de un boletín psicológico dedicado al comportamiento escolar de un niño como excusa para
someter la retórica psicopedagógica oficial a un análisis lingüístico e ideológico demoledor). De ahí la importancia de aludir a la legendaria escena poética chilena en un libro que no trata exactamente acerca de ella, sino que la utiliza como eficaz pivote para sus verdaderas preocupaciones: la vocación de la escritura, la necesidad de reconocimiento en pugna con la voluntad de independencia, el termómetro del éxito o el fracaso, la extraña mezcla de entendimiento y competencia que
caracteriza a los miembros de una misma generación, las peculiaridades de una vida dedicada a un asunto improductivo como la literatura, etc. Y la nacionalidad, asunto determinante pero indeterminado (y disculpen que haga un juego de palabras que no querría ser zapateriano) para tantos escritores latinoamericanos. Por supuesto, que el retrato del mundillo de los poetas no sea lo realmente importante en la novela (como no lo es en la estupenda y reciente Lejos de Kakania, de Carlos Pardo, publicada por Periférica), no quita que el libro se detenga durante un buen número de páginas en trazarlo, con la excusa tal vez facilona de una periodista norteamericana preparando un reportaje.
En este aspecto, es indudable que quien conozca bien las nomenclaturas, jerarquías, interioridades y cotilleos de esa realidad disfrutará más y mejor (es decir, más perversamente) esos pasajes. No es mi caso. Pero eso no ha evitado que me divierta con la estampa de Nicanor
Parra, las bromas acerca de la generosidad apadrinadora de Zurita o la mezcla de talento, ingenuidad, compromiso y vanidad que destila ese tejido de egos.
Aquí, la escritura de Zambra escómica, pero no cruel, y en el fondo prima el cariño hacia quienes, pese a todo, se empeñan en escribir versos. Además, las tipologías humanas que nos muestra son universales y es entretenido trasladarlas a nuestro propio ecosistema.
Poeta chileno recuerda, en fin, “la complejidad de la vida”, que es lo que el propio autor demanda a las buenas novelas, me ha emocionado, y me ha
hecho reír mucho. Es un gran Zambra.

Nadal Suau El Mundo

EL AUTOR

‘Poeta chileno’ (Anagrama) es un libro importante y tremendamente ameno. Su autor, Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) abandona el minimalismo de obras como ‘Bonsái’ (2006) para retratar en 421 páginas al aspirante a poeta Gonzalo, padrastro de Vicente –un niño adicto a la comida de gatos- y pareja de la bellísima Carla, una relación familiar que ocupará la primera parte
de la novela. La bohemia literaria ocupará la segunda parte, con una estadounidense, Pru, que llega al país a entrevistar a todos los poetas que cuentan. La importancia de la literatura como vínculo afectivo entre personas, la nueva masculinidad del latinoamericano, la belleza y la fealdad, la paternidad… son temas que aparecen en la obra, de la cual uno teme hablar para no estropearla. Zambra, autor de ‘La vida privada de los árboles’ (2007) o ‘Formas de volver a casa’ (2011),entre otras, responde por teléfono a este diario desde Ciudad de México, donde reside actualmente.

-Qué quiso hacer con Poeta chileno?

-No soy desordenado, pero olvido los procesos de escritura y luego me creo que el libro vino a mí. El interés era el vínculo entre la familia literaria y la familia a secas, o la ‘familiastra’. Yo tengo un cuento llamado ‘Familiastra’, que al final quité de un libro porque lo sentía muy mío y yo solo puedo publicar textos que me parezcan ajenos. Esta novela la comencé de modo fragmentario, más experimental, y se me fue volviendo más novelesca, se transformó en una historia que yo
quería escuchar.
-De las dos partes, que se corresponden a los dos tipos de familia, la real y la literaria, ¿hay alguna más autobiográfica?
-Me cuesta mucho dar esa precisión. Escribo siempre la misma historia en primera y en tercera persona, y luego me fijo en qué voz me creo más, y rompo la otra, es un método un poco pesado pero funciona. El personaje de Gonzalo se parece a cómo sería yo si yo no hubiera escrito. A él la escritura no le importa demasiado. Pero yo me parezco sobre todo al tono del narrador, ese tipo
narra como yo hablaría en una conversación con usted. Es el estilo de alguien que quiere retener a su oyente, como el que sirve un trago a las visitas para que no se vayan. Lo autobiográfico es que son mundos que conozco, que yo soy padrastro, he vivido esa experiencia tan importante, y ahora tengo un hijo chico, de dos años, un bebé. Es una novela sobre la ‘padrastría’. Qué palabra más fea, ‘padrastro’, para algo tan bonito. En francés le llaman ‘padre bonito’, en inglés ‘padre de paso’, me suenan mejor… La terminación -astro es despectiva, como ‘poetastro’. Mi personaje es un poetastro padrastro.
-Toda esa parte, bellísima, parece desmentir eso que dicen de que es muy difícil escribir sobre la felicidad, o describirla.
-La felicidad es no querer estar en otro sitio. Es una frase que decía mi abuelita, pero seguramente la dijo antes alguien. ¿Quiere usted estar en otra parte? ¿Lo estaríamos, si pudiéramos? Yo estoy muy feliz de estar con mi esposa y mi hijo

-No soy desordenado, pero olvido los procesos de escritura y luego me creo que el libro vino a mí. El interés era el vínculo entre la familia literaria y la familia a secas, o la ‘familiastra’. Yo tengo un cuento llamado ‘Familiastra’, que al final quité de un libro porque lo sentía muy mío y yo solo puedo publicar textos que me parezcan ajenos. Esta novela la comencé de modo fragmentario, más experimental, y se me fue volviendo más novelesca, se transformó en una historia que yo
quería escuchar.
-De las dos partes, que se corresponden a los dos tipos de familia, la real y la literaria, ¿hay alguna más autobiográfica?
-Me cuesta mucho dar esa precisión. Escribo siempre la misma historia en primera y en tercera persona, y luego me fijo en qué voz me creo más, y rompo la otra, es un método un poco pesado pero funciona. El personaje de Gonzalo se parece a cómo sería yo si yo no hubiera escrito. A él la escritura no le importa demasiado. Pero yo me parezco sobre todo al tono del narrador, ese tipo
narra como yo hablaría en una conversación con usted. Es el estilo de alguien que quiere retener a su oyente, como el que sirve un trago a las visitas para que no se vayan. Lo autobiográfico es que son mundos que conozco, que yo soy padrastro, he vivido esa experiencia tan importante, y ahora tengo un hijo chico, de dos años, un bebé. Es una novela sobre la ‘padrastría’. Qué palabra más fea, ‘padrastro’, para algo tan bonito. En francés le llaman ‘padre bonito’, en inglés ‘padre de paso’, me suenan mejor… La terminación -astro es despectiva, como ‘poetastro’. Mi personaje es un poetastro padrastro.
-Toda esa parte, bellísima, parece desmentir eso que dicen de que es muy difícil escribir sobre la felicidad, o describirla.
-La felicidad es no querer estar en otro sitio. Es una frase que decía mi abuelita, pero seguramente la dijo antes alguien. ¿Quiere usted estar en otra parte? ¿Lo estaríamos, si pudiéramos? Yo estoy muy feliz de estar con mi esposa y mi hijo.
-¿Qué tienen en común una familia, con pareja e hijos, y la familia literaria, la bohemia de los escritores?

-Son muy comparables. Difieren en la elección, pero uno tampoco escoge a los compañeros de generación, las amistades solo se depuran con el tiempo, no a los veinte años, esa época tan electrizante y abrumadora donde la amistad no es necesariamente verdadera, se basa en un espíritu de grupo, en una conciencia generacional. En la literatura, uno tiene amigos viejos, jóvenes, desclasados, lo que importa es el talento. Me parece impresionante que, en el contexto literario, alguien de 44 años, como yo, pueda tener largas conversaciones interesantes con alguien de 22. No sucede en otros campos.

-Hay una reflexión sobre el lenguaje, sobre las palabras que utilizamos.

-En ‘Poeta chileno’ alcancé a poner por escrito nuestra habla coloquial, cosa que hacen mucho los argentinos pero nosotros no nos atrevemos. Hay muchos diálogos, en mis libros anteriores los personajes estaban más mediados por los narradores, aquí hablan directamente. Escribo en México pero en un cuarto de azotea.
-¿Dónde?
-Un cuartito de dos metros por dos, que hay en la azotea. Son trasteros pequeños que hay para guardar cosas, escobas, trastos, y ahí escribo yo. Llamo ‘Chile’ a ese espacio, le digo a mi hijo ‘me voy a Chile’, como si ese micro-espacio fuera territorio chileno, al igual que un barco o una embajada.
-Hay el tema de la belleza, la literaria, pues vemos la diferencia entre los versos buenos y malos, y la física, con la bellísima Carla y su pareja, Gonzalo, que es descrito como feo.
-Quise sobre todo explicar la vocación literaria, la eficacia de la poesía, a alguien que no la ve. Quería una novela sobre poesía que no fuera nada poética, no hay que hablar de la poesía de modo poético. ¿Qué hace que a un niño como Vicente le interese la poesía? La literatura se enseña muy mal, como algo ajeno, solemne e impenetrable. Se asocia el gusto a la comprensión, lo que es absurdo, no te gusta una canción de rock porque la entiendas, te comes un rissotto delicioso y no dices ‘me encantó porque lo entendí’. Pero, al hablar de literatura, se apela en exceso a la comprensión. Otro problema es divinizarla. ¿Quién es?
-¿Perdón?
-Sonó un piquito en el teléfono, no sé, debe de ser el banco porque a mí no me llama nadie. Sigo. Decía que no está bien hablar de la literatura como discurso especializado. Gonzalo Millán tiene poemas sobre los restos de las neveras: “En el refrigerador hay solamente / una mitad de cebolla estreñida / y una mamadera con leche agria.” Mira, hay un señor que escribe poemas a cebollas cortadas en el congelador. Eso explica más la poesía que nada. Ver que algo que creías que solo te
interesaba a ti le interesa a alguien más. O que le canten a la belleza de repetir curso…

-Hay personajes que encarnan el macho latino…

-No tiene ni nombre, a ese abuelo con más de veinte o treinta hijos le quito ese privilegio. Esta es una novela sobre lo masculino. Gonzalo no es alguien que uno defendería como modelo pero, por otra parte, es considerablemente mas interesante y vivo que León, el padre biológico del niño, que es el típico pésimo padre al que, con el tiempo, le cae bien su hijo y pretende ser su amigo… Si retrocedemos una o dos generaciones, nos vamos a encontrar ya con otra figura latinoamericana:
el embarazador compulsivo de mujeres, no es ninguna ficción, no solo no eran combatidos sino celebrados.

-¿México es tan machista como dicen?
-Diría que sí, pero eso tendrían que decirlo ellas, los hombres no somos víctimas del machismo, somos los sujetos. Aunque… una vez iba yo con mi hijo de 4 meses en el canguro, la mochila que te lo pone en el pecho, y un tipo me gritó: ‘¿Y dónde está la madre?’. Fue muy desagradable, me sentí muy agredido. Otro día, en una librería, llevaba a mi hijo y no me dejaron entrar ¡porque iba con biberón! ¡Ni que llevara mezcal dentro! Le pregunté el nombre a ese señor, Enrique Erizalde,
y a todos los villanos de mis libros les voy a poner ese nombre a partir de ahora.
-La nueva masculinidad del escritor latinoamericano que retrata no es ya prostibularia, ni viril a la manera del boom.

-Es un tema de todos mis libros, pero nadie lo ve. ’Formas de volver a casa’ no se leyó así, pero el narrador es hombre y las que se oponen a su relato son mujeres. Esto no tiene nada que ver con el boom, claro, ellos son los abuelitos.

-La estadounidense Pru va entrevistando a todos los poetas…
-Tiene harto que ver con el año que pasé en Nueva York, tengo muchas amigas gringas. Me interesaba que fuera extranjera y que no fuera capaz de leer la poesía, solo tiene acceso al personaje. El periodismo tiene que ver con lo simple, la capacidad de explicar las cosas. Parece a veces que todos estuviéramos superespecializados, que nos escuchan solo pequeñas comunidades, pero la periodista tiene que entenderlo todo de la nada, no conoce la tradición, y eso es muy oxigenante, rehabilitador. Es necesario ventilar. Esta es la menos literaria de mis novelas y es la  que más habla de literatura

-¿Ser poeta y chileno es lo máximo?
-Sí. Para nosotros es una marca, es como ser chef peruano. En la prensa es habitual que entrevisten a poetas, algo muy raro en otros países. El otro día, en el diario ‘La Tercera’, dos páginas y media para el poeta Claudio Bertoni. ¿Cuál era el motivo? ¡Saber cómo vive la cuarentena! Muere Nicanor Parra y es luto nacional pero, luego, vienen tres meses de entrevistas a otros poetas sobre Nicanor Parra, sin parar. El mito de la poesía nos penetró de muy temprano, con Pablo Neruda ya de muy joven. Existe la idea de que en Chile se escribe muy buena poesía, pero eso requiere que haya muchos lectores. Tenemos dos premios Nobel de poesía.
-Neruda sí que era un macho ¿no?
-Ah, sí, en eso fue un campeón. En Chile es, sobre todo, una marca nacional, nuestra Coca-Cola, todas las ciudades tienen varias calles que se llaman Pablo Neruda. Fue renovador en su época, ahora ya nos suena muy antiguo también. Nicanor Parra nos dio otra conciencia, él se opuso a Neruda, aunque ya ser antipoeta se volvió otra forma de ser poeta. La comunidad poética tiene algo de valiente y de cómico, de ridículo e inescrutable. De eso escribí

Xavi Ayén

La Vanguardia