AUTORA: Tatiana Tîbuleac
TRADUCCIÓN: Marian Ochoa de Eribe
ENCUADERNACIÓN: Cartoné
FORMATO: 14x 21,8 cm
ISBN: 979-13-87641-40.5
PÁGINAS: 256
Pocas novelas recientes han dejado una huella tan honda como esta. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes se ha convertido, desde su publicación, en un clásico contemporáneo: un relato feroz y deslumbrante sobre el amor y la reparación, sobre la memoria y las cicatrices que no se borran. Más de 80 000 lectores se han estremecido ya con esta historia luminosa y brutal, que regresa ahora en una edición especial y limitada, acompañada de una introducción inédita de Tatiana Ţîbuleac. Un homenaje al milagro irrepetible de un libro que sigue creciendo con cada lectura.
Aleksy aún recuerda el último verano que pasó con su madre. Cuando su psiquiatra le recomienda revivir esa época como posible remedio al bloqueo artístico que sufre como pintor, vuelve a verse sacudido por las emociones que lo asediaron cuando ambos llegaron de vacaciones a un pueblito francés. ¿Cómo superar la desaparición de su hermana? ¿Cómo perdonar a la madre que lo rechazó? ¿Cómo enfrentarse a la enfermedad que la está consumiendo? Este es el relato de un verano de reconciliación en el que madre e hijo por fin bajarán las armas, espoleados por la llegada de lo inevitable.
Tatiana Tîbuleac muestra una intensísima fuerza narrativa en este brutal testimonio que conjuga el resentimiento, la impotencia y la fragilidad de las relaciones entre madres e hijos. una novela poderosa que indaga con belleza en el afecto y el perdón como formas de sanar las heridas del pasado.
«Solo piensas en la muerte cuando te mueres,
Alesky,
solo cuando te mueres,
y eso en una tontería, una inmensa tontería.
Porque, en lugar de todos sus sueños,
la muerte es lo más probable que le va a suceder a un individuo.
De hecho, lo único que le va a suceder con toda certeza».
«Ella quería un verano. Un último verano para vivirlo también ella como un cáncer rabioso. Un verano para morir viviendo hasta el final».
SINOPSIS
«Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea.» Así empieza El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tîbuleac (Moldavia, 1978). Quien narra es Aleksy, un adolescente con problemas psiquiátricos a quien su madre le pide pasar un verano juntos en un pueblo de Francia. A través de un lenguaje crudo, poético, que sigue las impresiones y los pensamientos tortuosos del narrador, la novela cuenta la transformación de ese vínculo madre/hijo a la vez que narra el pasaje de la vida a la muerte: la madre, le confiesa en las primeras páginas, está muriendo de cáncer.
Inmigrantes polacos que viven en Londres, la familia de Aleksy es lo que los norteamericanos llaman una familia disfuncional: un padre violento que abandona a la madre y al hijo, una hermana muerta, una madre demasiado herida como para hacerse cargo del padecimiento de otro –»alguien que me había apartado de un puntapié como a un perro cuando yo estaba dispuesto a ser un perro solo por sus caricias», dice Aleksy– y una abuela ciega. Puede que esta semblanza roce lo grotesco: afortunadamente el narrador se ríe, por momentos, de sí mismo y así sortea lo que de otra manera hubiese sido un largo melodrama. No lo es. De lo que habla la novela es de dos personas –madre, hijo– que esperan la muerte como si se tratara de un alumbramiento y que, a partir de esa espera, sin solemnidad, empiezan a reencontrarse. La manera en la que la autora narra sin demasiada acción pero con descripciones potentes, el leitmotif que se intercala entre los capítulos («Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro/ Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos») y la construcción de los personajes hacen de El verano en que mi madre… una novela conmovedora, aunque sin la menor sensiblería. Tîbuleac pone en boca de Aleksy metáforas originales: «Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, al fin, una familia».
La autora moldava no se instala, sin embargo, en la retórica del dolor. Fiel a los preceptos clásicos de la novela, los personajes cambian, hay un tránsito que el lenguaje acompaña. La vida de Aleksy avanza y la crudeza se vuelve más amable. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una obra sobre la relación filial de gran belleza, que reflexiona sobre el arte sin soltar la atención del lector.
LA AUTORA
Desde hace catorce años vive en París. Le gusta el anonimato. «Allí nadie me reconoce y eso me ayuda a escribir», contó. Ya no ejerce el periodismo, su profesión de origen, y esa distancia de los titulares y las noticias diarias le permite escuchar lo que de verdad importa. «Cuando me fui de Moldavia, todo estaba claro. Pero al llegar a Francia, lejos de mi lengua y de mis colegas, empecé a preguntarme quién soy, cómo presentarme ante los demás, qué contaré a mis hijos cuando pregunten de dónde vengo.» En esa distancia, la identidad se convierte en pregunta constante. «En casa no te haces esas preguntas, pero cuando te vas, se vuelven inevitables.
El tema de la migración atraviesa toda su obra, aunque no siempre en primer plano. «Los migrantes no son iguales —dijo—. Algunos se van para buscar una vida mejor; otros porque no pueden expresarse en su país. Yo intento escribir sobre ellos con voces distintas, porque no hay una sola forma de emigrar.» Su próxima novela, que se publicará en español el año que viene seguramente bajo el título Cuando estés feliz, golpea primero (Impedimenta), vuelve sobre ese territorio: las relaciones entre padres e hijos, pero también el exilio y la identidad. «No me gustaría que se piense que solo escribo sobre familia», advirtió, «porque mis libros también hablan del amor, del perdón, del modo en que cada uno se relaciona con su propio dolor.»
Al hablar de la memoria, su voz se volvió más grave. «Hay escritores que crean hacia el futuro. Yo no puedo. Siempre escribo desde el pasado. Para mí, la memoria es una habitación donde se hace justicia.» En Moldavia, dijo, esa justicia es necesaria: «Nuestro pasado ha sido doloroso e injusto, pero casi no hablamos de él. La historia fue falsificada, y los jóvenes han perdido interés. Por eso el presente también sufre. Y la literatura, que podría ayudarnos a recordar, a veces calla demasiado.»
Casi al final del encuentro, Tatiana Tîbuleac contó una historia. Su abuela, dijo, rezaba cada noche en voz baja, aunque en la Moldavia soviética rezar era un acto prohibido. «Vivíamos en un país sin Dios, en el paraíso comunista —explicó—, y aun así ella rezaba. Siempre pedía lo mismo: una buena muerte.» Cuando era niña, le parecía extraño que alguien rezara por eso. Hoy lo entiende. «Mi abuela había enterrado hijos, había visto morir a amigos, había sufrido el exilio. No temía a la muerte, temía convertirse en una carga para los suyos. Eso lo comprendí más tarde: su oración no era por morir, sino por morir bien. A mi ahora me pasa un poco lo mismo.»
En El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, la muerte une a una madre y a un hijo que no supieron amarse a tiempo. En El jardín de vidrio, la muerte acecha como sombra de un sistema que devora. Pero siempre hay una rendija de luz, un gesto de ternura. «Me alegra que digáis que hay luz en mis libros», dijo Tatiana al público madrileño. «Porque es cierto. Incluso en lo oscuro hay algo que nos reconcilia con la vida.»
Antes de terminar, le pregunté si la muerte, como decía, no era el final. Tatiana sonrió. «No lo creo. La muerte no es la finalidad. No hablo de religión, sino de esperanza. Me gusta pensar que hay algo que continúa: lo que dejamos en los demás.» Al salir del auditorio, pensé que quizá esa es también la razón de su éxito entre lectores tan distintos: escribe sobre lo que duele, pero lo hace para reconciliarnos con lo inevitable. Tatiana Tîbuleac no busca consuelo ni promesas; busca verdad. Y en esa verdad —tan limpia, tan humana— hay una belleza que perdura incluso después del final.