Premio Nobel de Literatura 2022
«Se desvanecerán todas de golpe como ha sucedido con los millones de imágenes que estaban tras las frentes de los abuelos muertos hace medio siglo, de los padres, muertos también ellos. Imágenes donde aparecíamos como niñas en medio de otros seres ya desaparecidos antes de que naciéramos, igual que en nuestra memoria están presentes nuestros hijos pequeños junto a nuestros padres y nuestras compañeras de colegio. Y un día estaremos en el recuerdo de nuestros hijos entre nietos y personas que aún no han nacido. Como el deseo sexual, la memoria no se detiene nunca. Empareja a muertos y vivos, a seres reales e imaginarios, el sueño y la historia.»
A través de fotos y recuerdos dejados por los acontecimientos, las palabras y las cosas, Annie Ernaux nos hace sentir el paso de los años,desde la posguerra hasta hoy. Al mismo tiempo,inscribe la existencia en una nueva forma de autobiografía, impersonal y colectiva.
«Los años convierte los recuerdos de juventud en una obra de arte.» The Guardian
«Recuerdos precisos, valiosos, que se cruzan, se entrelazan, chocan, se empujan, se abrazan en un mismo gesto para componer una espléndida «autobiografía impersonal». Una corriente de luz melancólica y profunda que hace de estos años uno de los mejores libros de la autora.» Le Monde
«Los libros de la francesa Annie Ernaux son el lugar de expiación de su propia historia. Fragmentos de una autobiografía sin secretos que la autora cuenta de manera sencilla y clara.(…) La literatura de Annie Ernaux es de índole autobiográfica, discreta, nada secreta y enormemente sencilla, clara y bastante minimalista (…) No se trata de contar cuentos sino de contar historias, mejor dicho, su propia historia por encima de todo lo demás, pero no cayendo en intimismo alguno, alejándose de toda subjetividad, pues considera su literatura como una especie de etnología, como una ‘intervención’ en la sociedad que le rodea.» Rafael Conte/ El País
SINOPSIS
«Todas las imágenes desaparecerán.»
Así empieza la novela de Annie Ernaux, y ya apunta de entrada hacia donde irá el libro, cuál es su propósito. Porque a esa frase le sigue un conjunto de imágenes, de recuerdos, que la autora narra siendo plenamente consciente que un día dejará de recordar, desparecerán, y se sumarán a las múltiples imágenes que nuestra memoria descarta y aleja de nuestra consciencia en un ejercicio de dudoso propósito.
Annie Ernaux acostumbra a basar su obra en su propia biografía y, fiel a su estilo, parte de momentos puntuales para dirigir la narración hacia un sitio u otro, hacia la adolescencia como en «Memoria de chica», hacia la madurez como en «La mujer helada» o hacia la enfermedad de su madre y cómo le afectó, como en «No he salido de mi noche». En este caso, hace algo diferente, y deja en parte de lado su parte más crítica para analizar su vida y la de la sociedad europea desde los años cuarenta hasta prácticamente nuestros días.
De esta manera, en orden cronológico, Annie Ernaux nos traslada de inicio a su infancia, en la década de los 40, una época donde la Segunda Guerra Mundial ocupaba el día a día, y nos recuerda sus años de escuela, aprendiendo el idioma a través de las reglas de la gramática del buen francés, un francés distinto al de casa donde había «la lengua original, la que no obligaba a reflexionar sobre las palabras». La autora brilla en el retrato de un pasado añorado, aunque difícil y, trasladándonos a esa época post Segunda Guerra Mundial, de penurias económicas y rigidez escolar, nos devuelve a la calidez de un hogar, de una infancia que aprovecha cada día sabiendo que el futuro está aún lejos, pero siendo consciente de los cambios que se acercaban. Desde su niñez contemplaba, finalizada la guerra, los avances de la sociedad y la cercanía de un progreso que prometía llevar a sus vidas el bienestar, la salud de los niños, casa luminosas y calles iluminadas. Un futuro que tenía forma de plástico, de fórmica, de antibióticos e indemnizaciones de la seguridad social.
La autora también nos recuerda la adolescencia, envuelta de un aura de sexo y deseo que la mentalidad de la sociedad constreñía y culpaba, el cambio físico y social existente que suponía para los jóvenes realizar el servicio militar, el paso del niño al hombre a ojos de uno mismo y de una mentalidad de costuras estrechas y rígidas como los uniformes que portaban. Y la juventud, con la sociedad que marca su horizonte, anclado por la alianza de un futuro matrimonio impuesto por la manera de pensar de una época que valora la virginidad y la castidad por encima de las libertades: «ni la inteligencia, ni los estudios, ni la belleza, nada contaba tanto como la reputación sexual de una chica, es decir, su valor en el mercado del matrimonio». Son párrafos que nos recuerdan inexorablemente a «La mujer helada», pero también a la experiencia narrada en «Memoria de chica».
Y en la madurez, la plena conciencia de verse realizada como mujer, de saber que el mundo está en las propias manos y que aquello que venga en forma de invento o progreso será mejor para sus vidas, unas vidas que avanzan rápidamente hacia un futuro altamente cambiante y prometedor, de tecnología y avances, de cambios sociales y apertura, de derechos y libertades; un momento en su existencia donde «nos sentíamos libres, no pedíamos nada a nadie» y expresa la ilusión que sentían al afirmar «el futuro parecía radiante, las tareas pesadas y sucias las harían los robots, todos los individuos tendrían acceso a la cultura y el saber». Una madurez, también familiar y afectiva, que viene de la mano de una familia, que la llena de emociones y sentimiento a la vez que de dudas sobre sí misma, pues se ha desviado de sus objetivos anteriores, con un creciente «miedo de instalarse en esta vida tranquila y confortable, haber vivido sin haberse percatado de ello». Y la añoranza a unos tiempos ya pasados, plagados de ilusiones y sueños, que chocan frontalmente con ese futuro que viene lleno de cosas materiales e innecesarias, de manera que «el pasado y el futuro, en definitiva, se han invertido, es el pasado, no el futuro, que ahora es objeto de deseo».
Como no puede ser de otra manera, la autora francesa también hace un alto en el camino para destacar el cambio que supuso el año 1968 en la sociedad, rompiendo todas las cotillas que ataban una sociedad al corpiño de estrictas normas sociales y leyes. La apertura del mundo, de las universidades y las tertulias, de los teatros y la cultura ofreciendo así el bien más preciado: la accesibilidad a las ideas. «Pensar, hablar, escribir, trabajar, existir de otra manera: sentíamos que no teníamos nada a perder si lo probábamos todo. 1968 era el primer año del mundo.»
Y ya en los 80, que dejó atrás muchas cosas del pasado, ya no se hablaba del antes, sino que se vivía el ahora, un ahora donde la religión había «dejado de atemorizar el imaginario de los adolescentes prepúberes, ya no se regulaban los intercambios sexuales y el vientre de las mujeres había salido de su control». Y el final de la década de la década, con la revolución de Tiananmén, la caída del muro de Berlín con la llegada del mundo del este a sus vidas, la difusión cada vez más de la enfermedad del sida, y la invasión de las tropas de Hussein a Kuwait, que prologaban una guerra, concepto que quedaba ya muy lejos en la memoria de la gente.
En sus recuerdos más cercanos a nuestros días, la autora destaca también el cambio de milenio, saltando de año con gran recelo por un efecto 2000 que no fue tal, pero que nos empujó a un mundo tecnológico que aceleró nuestras vidas, teniendo todo el mundo a nuestro alcance, consiguiendo alcanzar «el gran deseo de potencia e impunidad. Evolucionábamos en la realidad de un mundo sin objetos ni sujetos. Internet operaba la brillante transformación del mundo en discurso». Y con ello, la supresión de la paciencia, la rotura del tiempo entre privación y obtención, queriéndolo todo al instante, consumiendo información de manera voraz. «Con las técnicas digitales agotábamos la realidad».
Por todo lo expuesto, «Los años» se trata de una muy interesante obra que cuenta, de manera plenamente subjetiva, como la población asumió los cambios y el paso del tiempo, con los temores ante los cambios y la esperanza de un futuro que, en ocasiones se auguraba prometedor y, en otros casos, decepcionante o incluso aterrador. Menos contundente que en otras novelas, menos crítica hacia su vida o hacia la sociedad, el retrato que hace Ernaux tiene la belleza de la nostalgia del que ve su pasado como parte de uno mismo, como una época donde uno aguardaba con ilusión lo que el futuro cambiaría de sus vidas. Pero también la reflexión de quien, al ver el mundo que tenemos, siente cierta desolación por no estar a la altura de aquello que cobijábamos cuando soñábamos con él. La mirada que Annie Ernaux realiza sobre tantas décadas arroja una sensación de que hemos caído de manera inocente a las tentaciones que venían disfrazadas de progreso. Y nos hemos quedado en una época que no dejará demasiados recuerdos, aunque sí imágenes, hechos y tecnología que, como nosotros mismos, acabará siendo obsoleta al paso de los años.
LA AUTORA
Aunque recuerdo cuál fue el primer libro que leí de ella e incluso quién me lo regaló –el escritor Félix Romeo– y quién fue la primera persona que me habló de ella –mi hermano, que había pasado un año en Evreux, Normandía, cerca de donde había nacido Ernaux–, no recuerdo cuál fue el primer libro de Annie Ernaux que me gustó. Tuvo que ser La otra hija, publicado en Francia en 2011 y traducido al español en 2014 (krk ediciones). Lo leí en su edición original primero, en nil éditions, y me impresionó. Se parecía en algunas cosas a uno de los libros que más me había impactado: Amarillo, de Félix Romeo, publicado en 2008. En los dos aparecen la culpa y la muerte del amigo, en el caso de Romeo, y de una hermana a la que nunca conoció, en el de la normanda. En los dos se vincula la culpa con el nacimiento de la vocación. Unos años después, en unas vacaciones en Francia compré un libro solo por el título –bueno, y porque la escritora era una mujer–, Regarde les lumières mon amour (2014). Todavía no era una de mis escritoras vivas favoritas. El libro es un diario que la escritora normanda mantuvo durante un año sobre visitas a un supermercado de las afueras de París. En la contraportada del libro citan una frase de Ernaux: “Ver para escribir es ver de otra manera.” Me acordé de un ejercicio que hacía la escritora malagueña Isabel Bono: recogía los tickets de compra que se encontraba y, a partir de los productos que aparecían, imaginaba al personaje que los habría comprado y elucubraba para qué. Es un libro raro, aparecido en la colección Raconter la vie de la editorial Seuil, a diferencia de casi todos sus libros, publicados en Gallimard (en España, algunos de sus libros han sido publicados por diferentes editoriales, con una recepción y un seguimiento irregulares), pero contiene la esencia de la literatura de Ernaux: ofrecer un retrato lo más complejo posible de su momento.
Annie Ernaux nació en 1940 en Lillebonne, en la alta Normandía. Sus padres y ella se trasladaron pronto a Yvetot, donde sus padres tenían un bar-tienda. Cuando tenía diez años, Annie, de soltera Duchesne, escuchó a su madre hablarle a una vecina de una hija muerta: la hermana a la que nunca conoció murió dos años antes de que Annie naciera, víctima de la difteria. La escritora nunca les preguntó a sus padres por su primera hija y ellos jamás le contaron nada. A partir de ese descubrimiento, Ernaux comprende algunas cosas sobre cómo fue criada: un exceso de protección o temor a causa de una enfermedad, por ejemplo. El secreto familiar la lleva a reinterpretar su infancia. Pero sobre todo comprende que sus padres no podían permitirse más de un hijo; por tanto, para que Annie naciera era preciso que la hermana muriera. De todo eso escribe en La otra hija. El libro es en parte una carta a esa hermana biológica a la que no puede llamar hermana: “Pero no eres mi hermana. Nunca lo fuiste. No hemos jugado, comido, dormido juntas. Nunca te he tocado, abrazado. No conozco el color de tus ojos. Nunca te he visto. Eres sin cuerpo, sin voz, solo una imagen plana en algunas fotos en blanco y negro. No tengo ningún recuerdo tuyo.” De ella dice: “Quería guardarte tal y como te recibí a los diez años. Muerta y pura. Un mito.” Lo que descubre Ernaux en este libro es que esa otra hija no es la hermana muerta, sino ella: “Tenías que morir a los seis años para que yo naciera y fuera salvada.” Dicho de otro modo: “Vine al mundo porque moriste y te reemplacé.”
Los libros de Annie Ernaux tienen una base autobiográfica: usa sus experiencias como materia prima para acometer su proyecto, que no es entenderse o contarse o explicarse, sino contar una época, un momento muy concreto de la historia y de un lugar. Sus libros tienen un afán documental, de dar cuenta de la vida tal y como es. Y la vida es el amor, la enfermedad, la educación, las lecturas, la muerte, la posición social y, también, un cuerpo y las huellas que el paso del tiempo y las experiencias dejan en él. Publicó su primer libro en 1974, Los armarios vacíos (traducida por Galba, editorial ya desaparecida), una novela sobre una universitaria que abortaba. Era autobiográfica, pero era una novela. Para entonces, era profesora de instituto: sus padres estaban orgullosos de ella, había conseguido el ascenso social que ellos habían deseado para ella. A esa novela le siguió Ce qu’ils disent ou rien (1977). Ernaux estaba atrapada en lo que para ella era un infierno conyugal, estaba abrumada por las exigencias de ser madre, esposa y tener una carrera profesional, como cuenta en La mujer helada, su tercera novela, publicada originalmente en 1981 y traducida al español en 2015.
La literatura de Annie Ernaux está marcada por el interés sociológico, casi etnológico, que la diferencia de lo que suele entenderse por literatura del yo. Es una mezcla delicada que combina el uso de la memoria, las experiencias personales y el pensamiento íntimo con el retrato social. Es lo que sucede en El lugar, el libro con el que obtuvo el premio Renaudot en 1984 –el mismo año en que Duras ganó el Goncourt por El amante–, y que abre un nuevo camino, una nueva forma en su literatura. El lugar es un libro sobre su padre y no es una novela, es lo que ella llama “relato auto-socio-biográfico”. El padre de Annie Ernaux murió dos meses después de que ella aprobara el equivalente francés a las oposiciones de secundaria. Tenía 67 años y todavía trabajaba en el bar-tienda de Yvetot. Pensaba jubilarse el año siguiente. Este libro no es un relato de la compleja relación entre padres e hijos y del choque generacional, es un retrato neutro, con una escritura casi plana, pero emocionante y lleno de ternura de su padre y de la cultura a la que pertenecía: un hombre que siempre se había dedicado a trabajos físicos, cuyo lenguaje no era elevado ni culto, que en ninguna de las fotos que se hizo sale riendo y que cuando su hija tenía catorce años la llevó de excursión a Lourdes. “Cómo describir la visión de un mundo en el que todo es caro”, escribe Ernaux. Cuenta que ella solo vio una vez al padre de su padre, tres meses antes de que muriera, y que siempre que le hablaban de él decían que no sabía leer ni escribir. Cuenta que su padre utilizaba como único cubierto una navaja Opinel, y que dejaba el plato tan limpio que se podría haber guardado sin fregar. También cuenta la primera –y única– vez que su padre la acompañó a la biblioteca, o que siempre la llevaba en bici al colegio. “Ninguna poesía del recuerdo, nada de burla jocosa. La escritura plana me viene de manera natural, la misma que utilizaba para escribir a mis padres para darles las principales novedades”, escribe Ernaux. Y así, con ese estilo plano, documental, casi de inventario, llega a lo emocionante y conmovedor sin que fuera el objetivo principal.
El otro personaje fundamental de los libros de Ernaux es su madre. Escribe de ella en Una mujer (1988) y No he salido de mi noche (1997). Se alejó de sus padres en la adolescencia. Además del previsible conflicto generacional, entre Annie Ernaux y sus padres surgió otro: el de la diferencia de clase. Ernaux era ya una burguesa, mientras que sus padres solo aspiraban a serlo. Y a pesar de que era lo que siempre habían querido para ella, el ascenso social, eso les alejaba. Una mujer es un retrato casi cubista de la madre, porque contiene todos los lados de su madre. Escribe Ernaux:
Al escribir veo tanto a la “buena” madre como a la “mala”. Para escapar de ese balanceo que viene desde mi infancia más lejana, intento describirlo y explicarlo como si se tratara de otra madre y de otra hija. Así, escribo de la manera más neutra posible, pero algunas expresiones (“¡como te pase una desgracia!”) no llegan a serlo para mí como lo serían otras, abstractas (“rechazo del cuerpo y de la sexualidad”, por ejemplo). En el momento en que me acuerdo de ellas, tengo la misma sensación de desaliento que a los dieciséis años, y, fugazmente, confundo a la mujer que más me ha marcado en la vida con esas madres africanas que les sujetan los brazos a sus hijas pequeñas en la espalda mientras la matrona corta el clítoris.
La madre de Annie Ernaux murió en 1986, enferma de alzhéimer y de cáncer. No he salido de mi noche es el diario que la escritora mantuvo desde el comienzo de la enfermedad de su madre, en 1983, hasta su muerte. Es un tratado impúdico de la degeneración física y mental y un retrato crudo de la relación maternofilial y cómo la cambia esa degradación. Se ve también la inversión de los papeles: con el avance de la enfermedad, la madre de Ernaux parece adoptar el papel de niña, y a Ernaux le toca cuidar de su madre: lavarla, peinarla, darle de comer, cambiarle los pañales. El envejecimiento de la madre es también un anuncio de lo que será el de la hija. Tiene el estilo de todos sus libros: neutro, como un inventario de escenas y anécdotas. Pero es profundamente humano y, de nuevo, la ternura y la belleza aparecen de improviso.
Además de esos libros, Ernaux escribió de sus padres en su primera novela, Los armarios vacíos (1974), aquí en clave de ficción, y en La vergüenza (1997), donde volvía a un episodio de su infancia que la obsesionaba: el día en que su padre estuvo a punto de matar a su madre.
El uso de la foto
Una de las cosas que diferencia a Ernaux de su madre, que fue su modelo hasta la adolescencia, es la actitud frente al sexo. En realidad, es una cuestión generacional. La joven Annie quería enamorarse y caer rendida en los brazos de su amor, quería disfrutar del sexo y entregarse. Su primera decepción le llegó en el verano del 58, como cuenta en Memoria de chica, su libro más reciente (Gallimard, Cabaret Voltaire, 2016). Era la primera vez que salía de la casa de sus padres. Era joven, mimada, hija única sobreprotegida. Iba a pasar el verano trabajando como monitora en un campamento. La primera noche vivió una experiencia desagradable que marcó para siempre su entrada en el mundo del sexo y en la relación con los hombres. Frente a las burlas de sus compañeros, en ella crece el deseo de encajar y la necesidad del calor del cuerpo masculino. La chica del verano del 58, como llama Ernaux a la chica que fue, estaba perdida. Al final de ese verano, Ernaux empieza la universidad en Rouen, se le retira la regla y lee el libro que le cambiará la vida, El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Estas memorias son un relato iniciático de la entrada al sexo y a la formación intelectual. También cuenta cómo descubrió quién quería ser. Es curioso que haya vuelto a ese verano pasado tanto tiempo, sobre todo después de haber escrito La mujer helada (1981), sobre el matrimonio, la vida conyugal y la necesidad de escapar de las obligaciones de esposa y madre para tener su propia carrera intelectual, o El acontecimiento (2000), donde contaba cómo abortó en 1963, cuando todavía era ilegal –“como de costumbre, era imposible determinar si el aborto estaba prohibido porque estaba mal, o si estaba mal porque estaba prohibido”–, y lo que supuso ese “acontecimiento” en la manera en que su entorno la veía. Habla de Memoria de chica como “el texto siempre por escribir. Siempre postergado. El agujero incalificable”. Escribe: “La idea de morirme antes de escribir lo que desde hace tanto tiempo llevo nombrando ‘la chica del 58’ me obsesiona.”
“Del placer sexual lo he esperado todo, además del placer en sí. El amor, la fusión. El infinito, el deseo de escribir. Lo que mejor me parece, de cuanto llevo conseguido hasta ahora, es la lucidez, algo así como una visión sencilla y libre de sentimentalismo”, escribe en La ocupación. De sus relaciones con hombres escribe en varios libros: Passion simple (1991), Se perdre (2001) y El uso de la foto (Gallimard, 2005; Cabaret Voltaire, 2018). Pero ¿de qué habla Annie Ernaux cuando habla de sexo? Habla del cuerpo, sí, de lo físico, de que el acto sexual es una manera de atarnos a lo real y de que el sexo es la prueba más fehaciente de que estamos vivos. Por eso en El uso de la foto, coescrito con Marc Marie, el relato de su relación escrito a partir de las fotos de después del amor, la enfermedad está constantemente presente: Ernaux estaba en medio del tratamiento de un cáncer de pecho. El amor y la enfermedad; la muerte siempre al acecho y el sexo como prueba de vida.
Otra cosa que comparte ese libro con otros de Ernaux es el uso de las fotos. No siempre aparecen reproducidas con el texto, pero las descripciones son frecuentes: en La otra hija, en Memoria de chica, o en El lugar. Pero destaca especialmente en Los años (Gallimard, Herce, 2008), con el que obtuvo el premio Marguerite Duras y el premio de la Lengua Francesa. Los años cubre seis décadas de la historia de Francia, y es uno de los proyectos donde más claramente funciona esa fusión de autobiografía, sociología e historia. De inspiración perequiana y construido a partir de la descripción de fotografías, el libro combina el relato de la vida de Ernaux con el relato de un momento con el fin de “salvar algo de la época que nunca volverá a ser”. En su trabajo, la memoria es importante, y en eso, los libros de Annie Ernaux recuerdan en parte a los de Patrick Modiano: los dos buscan en el pasado, los dos trabajan desde la obsesión y comparten ese estilo documental, casi frío; los dos cuentan la historia de Francia.
La escritura como un cuchillo
Los libros de Annie Ernaux tienen otra característica común: sea cual sea el tema del que traten –sus padres, la clase social, el infierno conyugal, el despertar a la vida adulta, el sexo, la vejez, la enfermedad, la historia reciente– siempre hablan de escribir: son ese tipo de libros que se cuentan a sí mismos y el proceso mediante el que se han hecho. Hablen de lo que hablen, los libros de Annie Ernaux hablan de escribir y de cómo se relacionan la escritura y la vida. “Desde hace poco sé que la novela es imposible. Para dar cuenta de una vida sometida a la necesidad, no tengo derecho de ponerme primero de parte del arte, ni de tratar de hacer algo ‘emocionante’ o ‘conmovedor’. Reuniré las palabras, los gestos, los gustos de mi padre, los aspectos más destacados de su vida, todos los signos objetivos de una existencia que también compartí”, escribe Ernaux en El lugar. “Cuando escribo todas estas cosas, escribo lo más rápido que puedo (como si estuviera mal), y sin pensar en las palabras que uso”; “Desde que me he decidido a contar su vida, ya no puedo escribir después de las visitas”, dice en No he salido de mi noche. “Las cosas me pasan para que las cuente. Y el verdadero fin de mi vida es quizá solo ese: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se vuelvan escritura”, escribe en El acontecimiento. En La vergüenza: “Tal vez el relato, todo relato, haga normal cualquier acto, hasta el más dramático.” “No espero que la escritura me aporte temas sino estructuras desconocidas de escritura. Este pensamiento: ‘Solo quiero hacer los textos que únicamente yo pueda hacer’, significa unos textos cuya forma misma está condicionada por la realidad de mi vida. Nunca habría podido prever el texto que estamos escribiendo. Ha venido de la vida”, escribe en El uso de la foto. “No escribo porque estás muerta. Has muerto para que yo escriba, ahí está la gran diferencia.” La ocupación se abre así: “Siempre quise escribir como si no fuera a estar cuando publicaran lo escrito. Escribir como si fuera a morirme y ya no hubiera jueces. Aunque es posible que sea una ilusión creer que el advenimiento de la verdad depende de la muerte.” En Memoria de chica: “Una sospecha: ¿No habré querido, subrepticiamente, desplegar ese momento de mi vida para experimentar los límites de la escritura, llevar hasta el extremo la lucha contra la realidad? (Llego a pensar que mis libros precedentes no son sino aproximaciones, vistos desde este punto de vista.)”
Hay un libro-conversación publicado en 2003 en Stock, L’écriture comme un couteau, una entrevista con Frédéric-Yves Jeannet, donde habla de su estilo, de sus influencias y de su manera de ver la literatura y el oficio de escribir.
En 2011, la colección Quarto de Gallimard reunió en un volumen una selección de fotografías de Ernaux, fragmentos de su diario íntimo y una selección de sus libros y otros textos dispersos. El libro tiene un título esclarecedor, Écrire la vie. Explica Ernaux en el prólogo: “Me vino bruscamente, como una evidencia: escribir la vida. No mi vida, ni su vida, ni siquiera una vida. La vida, con sus contenidos que son los mismos para todos pero que cada uno experimenta de manera individual: el cuerpo, la educación, la pertenencia y la condición sexuales, la trayectoria social, la existencia de los otros, la enfermedad y el duelo.” Un poco más adelante, explica: “No buscaba escribirme, hacer una obra de mi vida: la he usado, los hechos, generalmente ordinarios, que la han marcado, situaciones y sentimientos que he conocido, como una materia a explorar para atrapar y poner al día algo del orden de una verdad sensible. Siempre he escrito a la vez de mí y fuera de mí, el ‘yo’ que circula de libro en libro no es asignable a una identidad fija y su voz está atravesada por las otras voces, parentales, sociales, que nos habitan.” Por eso los libros de Ernaux son especiales: relata una historia individual, íntima y concreta, situada en un tiempo y un lugar determinado, que permite la identificación, porque esas experiencias que cuenta con detalle y con ese estilo seco son comunes.
Annie Ernaux escribe un diario íntimo desde 1963, al que a veces recurre para sus libros. En uno de los fragmentos recogidos en Écrire la vie se lee: “Escribir no ha sido para mí un sustituto del amor, sino algo más que el amor o que la vida.”
Letras Vivas