AUTOR: James Joyce
ILUSTRADOR: Emilio Urberoaga
TRADUCTORA: Maite Fernández
ISBN: 979-13-87563-75-2
TAMAÑO: 150 x 210 mm
ENCUADERNACIÓN: Cartoné
PÁGINAS: 88
Edición ilustrada, y con nueva traducción, de uno de los mejores cuentos del siglo XX.
«Los muertos» es el cuento más extenso y elaborado de los quince que componen el volumen Dublineses (Dubliners, 1914), y es el más significativo literariamente de todos ellos.
El baile anual de las señoritas Morkan, en su casa dublinesa, era siempre un acontecimiento. Sin embargo, el tema de fondo de esta historia no es la celebración navideña, sino la muerte. La muerte de seres amados lleva a los personajes al recuerdo de sus vidas, especialmente a Gretta Conroy. Su marido, Gabriel, sufre una amarga revelación al final de la historia, que encarna una de las célebres epifanías joyceanas. En esta edición destacan las ilustraciones de Emilio Urberuaga.
«Los muertos es el informe más personal en la larga crónica dublinesa que supuso el trabajo de su vida». Anthony Burgess
Así comienza:
«Lily, la hija del portero, iba, literalmente, volando. Apenas acababa de llevar a un caballero a la pequeña despensa al fondo de la cocina, en la planta baja, y le había ayudado a quitarse el abrigo, cuando ya sonaba de nuevo la sibilante campanilla de la puerta de entrada, y tenía que salir corriendo por el pasillo vacío para recibir a otro invitado. Era una suerte para ella que no tuviera que atender también a las mujeres. Las señoritas Kate y Julia ya habían pensado en ello y habían convertido el cuarto de baño de arriba en el guardarropa de señoras. Las dos estaban allí, enredando, chismorreando y riéndose, yendo una detrás de la otra hasta el inicio de la escalera, asomándose por la barandilla y llamando a Lily para preguntar quién había llegado.
El baile anual de las señoritas Morkan era siempre un acontecimiento. Acudían todos los que las conocían: parientes, viejos amigos de la familia, los miembros del coro de Julia, los alumnos de Kate con edad suficiente e incluso algunos de los alumnos de Mary Jane. Ni una sola vez había defraudado».
SINOPSIS
Este espléndido relato, una de las cimas literarias de Joyce, cierra Dublineses, el conjunto de quince narraciones escritas entre 1904 y 1914, entre Dublín y Trieste, con las que Joyce renovó el cuento del siglo XX y de las que decía que eran “un capítulo en la historia moral de mi país” y “el cristal pulido en el que mis compatriotas podrán mirarse con miedo a reconocerse.”
Ezra Pound escribió a propósito de Dublineses una muy elogiosa reseña en la que destacaba, por encima de su valor local, su sentido universal: “Nos ofrece Dublín como presumiblemente la ciudad es. No desciende a la farsa. No se nutre de la caricatura dickensiana. Nos ofrece las cosas como son, no sólo en el caso de Dublín, sino de cualquier ciudad. Basta borrar los nombres locales, unas pocas alusiones específicamente locales, y unos pocos hechos históricos del pasado, y sustituirlos por nombres locales distintos, por alusiones y acontecimientos diversos, y estas historias podrían volver a contarse de cualquier ciudad.”
Y si hay un relato que confirma esa universalidad de los materiales narrativos por encima de cualquier reduccionismo localista, es el memorable Los muertos, que, a medio camino entre el detallismo realista y la proyección simbolista de su trama y sus personajes, marca un cambio decisivo en la narrativa de Joyce: el paso de la mirada subjetiva a una perspectiva distante que abre el camino de la ironía que tendrá su expresión más acabada en el Ulises.
Es una nueva invitación a la cena de Epifanía que celebran las hermanas Kate y Julia Morkan y su sobrina Mary Jane en el número 15 de Usher’s Island, en el Dublín gélido y nevado del 6 de enero de 1904.
A esa cena acuden, entre otros invitados, su sobrino Gabriel Conroy y su mujer Gretta. Y en torno a ellos dos surge la otra epifanía: la revelación final que provoca una canción (La muchacha de Aughrim), que emerge para rematar un relato bajo cuya superficie, aparentemente apacible, convencional y rutinaria, discurre una poderosa corriente de aguas turbulentas.
Joyce resumió la clave del texto al definir Los muertos como un relato de fantasmas. La aparición final de la figura oculta y decisiva del desaparecido Michael Furey explica esa clave temática como eje de una narración cuyos ejes son el amor y el deseo, la memoria y la pérdida, el tiempo y la muerte, resumidos en el simbolismo ambiguo de la nieve que cae en el portentoso final abierto del cuento:
Unos ligerísimos golpes en el cristal le hicieron volverse hacia la ventana. Había empezado a nevar de nuevo. Contempló soñoliento los copos, plateados y oscuros, que caían oblicuos contra la farola. Le había llegado la hora de emprender su viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: caía la nieve en toda Irlanda. Caía en cada rincón de la oscura planicie central, en las colinas sin árboles, caía con suavidad en Bog of Allen y, más al oeste, con suavidad caía sobre el oscuro y violento oleaje de Shannon. Caía también en cada rincón del cementerio solitario en la colina donde Michael Furey yacía enterrado. Se amontonaba sobre las cruces y las lápidas torcidas, en las puntas de la verja de la entrada, en los espinos desnudos. Su alma iba perdiendo poco a poco el sentido mientras oía el sonido de la nieve que caía con suavidad por el universo, con suavidad caía, como el descenso de la postrera hora, sobre los vivos y los muertos.
Encuentros de lecturas
EL AUTOR
La he escrito para mantener ocupados a los expertos en literatura durante los próximos trescientos años”, afirmó James Joyce justo después de publicar Ulises (1922), una de las novelas en las que se fundamenta la literatura contemporánea. No ha pasado una tercera parte de este tiempo y los críticos siguen indagando en los engranajes de uno de los primeros textos en traducir al lenguaje escrito los mecanismos del inconsciente.
James (1882-1941) fue el mayor de diez hermanos. Su padre, John Joyce, funcionario y aficionado a la bebida, malgastó el rico patrimonio familiar (levantado por el tatarabuelo del escritor) y alcanzó la cima de la saga en inversiones fallidas. La familia se veía obligada a cambiar de casa casi cada año y los niños, de escuela. Pero John adoraba a su hijo y pasaba largas horas con él hablando sobre nacionalismo irlandés; incluso le compraba libros cuando apenas tenían para comer.
Su madre, Mary Jane Murray, hija de un comerciante de licores, se refugió en la fe católica. Así, nacionalismo y religión guiaron la vida del escritor hasta la edad adulta. De hecho, James se educó siempre en centros jesuitas. En ellos incubó el complejo de culpa que le acompañaría y sufrió la represión de la sexualidad que convertiría posteriormente en literatura.
A los diecisiete años ingresó en el University College de Dublín, regentado por la misma orden religiosa, para estudiar lenguas modernas. Allí fue cuando rompió definitivamente con la fe cristiana. Ni siquiera su madre, agonizando en su lecho de muerte pocos años después, logró recuperarlo para la Iglesia. Ni James ni su hermano Stanislaus –a quien estuvo siempre muy unido– la complacieron en este doloroso trance. A cambio, los remordimientos le acompañarían siempre.
Tras graduarse, Joyce conoció a Nora Barnacle, una humilde chica irlandesa que había viajado a Dublín para servir. Ella nunca le comprendería intelectualmente. “No he leído ninguno de tus libros, pero tendré que hacerlo. Deben de ser buenos si se venden tanto”, le dijo cuando ya era un escritor consagrado.
Sin embargo, Nora dio a Joyce todo lo que necesitaba, incluso se convirtió en la musa de la que se nutrieron sus protagonistas. Las cartas que Nora escribió a Joyce, por ejemplo, sin puntos ni comas, son un calco del monólogo final de la ficticia Molly Bloom en Ulises.
Nora habría querido una vida más convencional, pero a los pocos meses de conocer a Joyce aceptó acompañarle en sus viajes para convertirse en gran escritor. Primero fue Zúrich, después Trieste, Londres, Roma, París… Joyce parecía haber heredado de su padre las dificultades para echar raíces; también su talento irlandés para explicar anécdotas y ser la atracción de los cafés.
Durante más de una década, la pareja y sus dos hijos, Giorgio y Lucia, vivieron en la miseria, a menudo mantenidos por Stanislaus. Joyce sobrevivía como profesor de inglés, aunque gastaba su sueldo emborrachándose, amargado por sus dificultades para publicar. A pesar de ellas, muchos seguían viendo en él a un escritor muy prometedor y algunos empezaron a enviarle dinero, a veces de forma anónima, como en un principio la socialite estadounidense Edith Rockefeller McCormick.
En 1917 Joyce pudo concentrarse en la escritura, aunque aquel año también empezaron sus problemas con la vista, que le exigirían más de diez operaciones quirúrgicas y el característico parche en su ojo izquierdo que lució desde 1926.
Lo más duro para él fue, no obstante, la esquizofrenia de Lucia. Se desató tras el matrimonio de sus padres (por el que Lucia se sintió relegada) y tras recibir el rechazo sentimental del dramaturgo Samuel Beckett, uno de los últimos grandes amigos del escritor. Beckett visitaba a Joyce casi a diario. Este le dictaba Finnegans Wake, su última obra.
Algunos críticos consideran que Joyce y su hija eran almas gemelas, aunque él supo canalizar su excentricidad hacia la literatura. La enfermedad de Lucia y su propia ceguera, que le impidió seguir escribiendo, le sumieron en la depresión. Una úlcera duodenal perforada acabó con su vida en enero de 1941 en Zúrich. Fue enterrado en el cementerio de esta ciudad suiza.
Las dificultades de Joyce para publicar fueron una constante a lo largo de su vida. Sus obras, hoy reconocidas como esenciales en la revolución de la literatura moderna, vivieron uno y mil rechazos hasta que pudieron ver la luz:
Retrato de un artista adolescente: veinte impresores de Inglaterra y Escocia se negaron a componer esta novela autobiográfica, ya que la ley de la época les daba la misma responsabilidad legal que al autor y al editor. La historia apareció por episodios en la revista londinense Egoist entre febrero y septiembre de 1915.
Dublineses: la primera impresión inglesa (de 1906) de este volumen de cuentos fue destruida. La segunda (de 1912), también; esta vez por parte del editor, George Roberts, y del impresor. Solo se salvó un ejemplar de mil. El libro salió a la luz en Londres el 15 de junio de 1914 gracias a Grant Richards. Atrás quedaban una inversión de 3.000 francos, 40 rechazos de editores, tratos con siete abogados y 120 publicaciones.
Ulises: Joyce comenzó la redacción de esta novela en 1906, en Roma, donde viajó para trabajar en un banco. La revista estadounidense Little Review empezó a publicarla por entregas en 1918. Sus propietarias, Margaret Anderson y Jane Heap, recurrieron a un impresor de origen serbio que casi no entendía inglés. La Sociedad para la Supresión del Vicio de Nueva York, que consideró el material inmoral y pornográfico, detuvo la publicación en 1920.
Antes, algunas entregas ya habían sido confiscadas y quemadas. Las editoras fueron condenadas a pagar 50 dólares por cabeza. La librera norteamericana Sylvia Beach editó la obra en París en 1922 con una artimaña repetida: un impresor de Dijon que no entendía inglés. En Estados Unidos el veto no se levantaría hasta 1933. En 1934 apareció la primera edición, dos años antes que la inglesa.
La Vanguardia
Eva Melús