Sagitario

14,00  IVA incluido

AUTORA:                     Natalia Ginzburg

TRADUCTOR:             Andrés Barba

ISBN:                           978-84-18370-61-8

ENCUADERNACIÓN: Rústica cosida

FORMATO:                 13×21 cm

PÁGINAS:                   104

Para ahuyentar el tedio que padece desde la muerte de su marido, una mujer de mediana edad decide dejar la casa de campo donde ha vivido durante años y trasladarse a la ciudad. Chabacana, mandona y sumamente quisquillosa, sobre todo en lo que respecta a sus hijas, traba amistad con la enigmática Scilla, y pronto las dos mujeres planean abrir juntas una galería de arte. Sin embargo, la aparente seguridad de la protagonista, que se diría bordea la soberbia, no la libra de ciertas decepciones… Una de las obras más celebradas de Ginzburg, llena del humor, la perspicacia y el irrenunciable realismo moral que tanto han aplaudido generaciones de lectores.

«En la peculiaridad de esa mirada que recoge y cose los jirones está precisamente el secreto de la vitalidad creativa de Natalia Ginzburg, y también en su capacidad para elevar el tono menor a categoría universal».
Carmen Martín Gaite

«Natalia Ginzburg fue fantástica en todo. Todo lo conocía y lo comprendía bien, todo sabía plasmarlo con plasticidad y buen ojo psicológico. Tenía fuerza, naturalidad, sutileza, inteligencia, convicción, ternura, indignación y gracia (o todo a la vez) para contarlo todo. Soy adicto a esta autora, la verdad».
Manuel Hidalgo, El Cultural

«Es difícil hacerse con el secreto de la prodigiosa prosa de esta mujer. Sus textos funcionan a base de acumulación, como una letanía. Y de pronto, se produce el milagro, en la sencillez se abre el abismo, el lector cae dentro de la herida abierta, sorprendido, conmovido».
Elena Hevia, El Periódico

«Ginzburg lo tiene todo. Y Sagitario es un ejemplo perfecto de ese todo. Ginzburg es sensible, es inteligente, tiene fuerza, penetración psicológica, ironía, humor. Demuestra una observación poderosa, capaz de identificar cualquier pliegue del alma humana y colocarlo en el lugar preciso del relato, para que tenga el contraste necesario. Nada sobra en sus relatos».
Alfredo Urdaci, FanFan

Editorial

ACANTILADO

SINOPSIS

Ginzburg lo tiene todo. Y Sagitario es un ejemplo perfecto de ese todo. Ginzburg es sensible, es inteligente, tiene fuerza, penetración psicológica, ironía, humor. Sabe captar el valor de un detalle, por insignificante que sea. Demuestra una observación poderosa, capaz de identificar cualquier pliegue del alma humana y colocarlo en el lugar preciso del relato, para que tenga el contraste necesario. Nada sobra en sus relatos. Te lleva. Te sabe llevar. Lo hace con naturalidad, sin aspavientos, con ternura, con gracia. Con mucha gracia. Se nota que soy partidario, ¿verdad? Desde Léxico familiar, que leí por vez primera en italiano, hace ya treinta años, no he dejado de leer todo lo que se ha publicado con la firma de Ginzburg. No es adicción. Es la seguridad de que vas a llegar a una verdad sobre el alma humana, y que la vas a alcanzar a través de las pequeñas cosas, de los pequeños gestos, de los detalles. De la literatura.
sagitario

Tomando una frase del editor Einaudi, podríamos decir que Natalia Ginzburg escribía sus novelas con las palabras de todos los días. Cotidianas como el pan o las tareas rutinarias. En Sagitario, la protagonista es una mujer, la voz narradora es otra mujer (su hija) y los personajes secundarios son también mujeres, que aparecen entre sombras, y que vuelven a la penumbra. Como Giulia, esa otra hija de la que sabemos poco, en la sospechamos un corazón que apenas se atreve a salir de la oscuridad, y que, melancólica y tímida, pasa sus últimos años con una sonrisa dibujada en la cara, «la sonrisa de quien prefiere que lo dejen al margen para desaparecer poco a poco en las sombras».

La historia de Sagitario es la de una mujer que se acaba de quedar viuda. «Mi madre compró una casa en un arrabal de la ciudad. Era una casita de dos plantas rodeada de un jardín desaliñado y húmedo. Más allá del jardín había huertos de coles, y más allá de los huertos estaban las vías del ferrocarril». La hija que narra lleva ya tres años en la ciudad. Estudia Letras. Comparte un pequeño piso, da clases particulares y es secretaria de redacción por horas en una revista mensual. Viste jerseys que su madre califica como soviéticos.

La madre es tozuda, reservada, supersticiosa, y sueña con poner una galería y alternar con la vida intelectual de la ciudad. Una vida que nunca llega a encontrar. La vida de la madre es una continua decepción. La boda de su hija Giulia con un médico judío, bastante mayor que ella, es otra renuncia. Ha renunciado a todos sus sueños. Pero nunca al de la galería.

Las mujeres de las novelas de Ginzburg son solitarias, viven en una madeja de resignación, habitan vidas pequeñas, tienen sus pequeños sueños que dan luz a sus vidas, pero son ilusiones inalcanzables: cuando las van a tocar, se desvanecen. Asisten en silencio a la vida de los hombres, que son caprichosos, que se ríen, al fondo de la habitación, como si se mofaran de los sueños ridículos de ellas. En alguna escena de Sagitario, cuando la galería ya tiene un local, los hombres hacen bromas, y la madre se marcha, descompuesta y huraña. Las mujeres se dejan llevar, como esa Barbara, la hija de Scilla, que se casa resignada con un siciliano celoso, hijo de una familia arcaica que quiere, ante todo, una novia siciliana.

La mentira en Sagitario, novela escrita en 1957, está encarnada en otra mujer: Scilla. En Ginzburg unos engañan, otros creen los engaños. Necesitan creer para seguir viviendo. Pero nadie es feliz. nadie alcanza la dicha. Ginzburg unió en un solo volumen tres relatos. Sagitario es el primero, luego vinieron El camino que va a la ciudad y Las palabras de la noche.

Ginzburg escribió que estas novelas las había escrito apra ser un poco menos infeliz, pero luego reonocía su error: «nunca se debe encontrar en la escritura un consuelo». Lo cierto es que el lector, feliz o no, desconsolado o no, tiene la oportunidad de entrar a través de una autora de apariencia sencilla en la gran literatura. Con Sagitario, con Las pequeñas virtudes, con Léxico familiar, o con cualquiera de las obras, autobiográficas o de ficción, de Natalia Ginzburg.

Alfredo Urdaci

LA AUTORA

Natalia Ginzburg tuvo una vida azarosa. Vivió en Turín su infancia y parte de su juventud y allí conoció al que sería su marido, Leone Ginzburg, del que tomó el apellido (el suyo era Levi, también judío) y con el que tendría tres hijos. Junto a él entró a formar parte de una generación de escritores e intelectuales de la posguerra italiana que fue determinante, antifascista, casi revolucionaria, y de donde surgió la mítica editorial Einaudi. Cesare Pavese era uno de sus mejores amigos. Desterrados por Mussolini, vivieron tres años en un pueblo de los Abruzos. Poco después, en 1944, Leone Ginzburg fue detenido y torturado hasta la muerte en una cárcel de Roma. Quedó viuda y con tres hijos a los veintiocho años. Dos años antes ya había publicado su primera novela, El camino que va a la ciudad, que tuvo que firmar con seudónimo. Tras la muerte de su marido se instaló en Roma y entró a trabajar en la editorial Einaudi, donde también publicaría sus siguientes libros. En 1950 se volvió a casar, con Gabriele Baldini, especialista en literatura inglesa, y tuvo dos hijos más. En 1969 vuelve a enviudar. A los cincuenta y tres años ya era dos veces viuda y había publicado unos diez libros, entre ellos Léxico familiar, Nuestros ayeres, Las palabras de la noche Las pequeñas virtudes. Más tarde, en 1983, fue elegida diputada del parlamento italiano por el Partido Comunista. No me consta que sus intervenciones parlamentarias estén recogidas en algún sitio.En su “Autobiografía en tercera persona” (ensayo publicado en 1990, incluido en el libro No podemos saberlo, que yo leí en la edición de Lumen de 2009 titulada Ensayos) dice casi al final: “Natalia Ginzburg vive en Roma, en la céntrica casa donde siempre ha vivido. Sigue siendo diputada en el Congreso. Alguna vez, de forma ocasional, escribe en los periódicos.”

Natalia Ginzburg colaboró a lo largo de su vida con distintos medios de prensa, principalmente en el Corriere della Sera y La Stampa. En su autobiografía, anteriormente citada, dice: “En 1970, Natalia Ginzburg publica una recopilación de ensayos, titulada Nunca me preguntes. Se trata de una serie de artículos publicados en periódicos a lo largo de varios años y de textos de distinto género todavía inéditos. Desde 1968 hasta 1978 colabora con los periódicos con bastante regularidad. Luego abandona esta actividad, ya que escribir para la prensa con demasiada frecuencia le resulta de repente pesado y parece perjudicar su forma de escribir.” Resulta chocante que ella pensara que escribir para la prensa perjudicaba su escritura. En sus ensayos y artículos no elude ningún tema y su estilo, al igual que en sus novelas y en sus obras de teatro, es lúcido, sincero y cercano. Igual habla de cine –le gustaba Ingmar Bergman y también Buñuel y Fellini–, de política, de la feminidad, del aborto, de poesía, de amigos escritores (Cesare Pavese, Italo Calvino, Antonio Delfini, Tonino Guerra, Alberto Moravia), de las ciudades (maravillosa y divertidísima su visión de Londres en Las pequeñas virtudes o su declaración de amor a la ciudad de Roma en “Así es Roma”, donde dice: “Aunque parezca que se empeña en aparecer lo más fea posible, esta ciudad donde vivo, que es Roma, yo siempre la encuentro preciosa”), y siempre con una mirada muy personal. “Al leer a Ginzburg, vi que lo que ella hacía era insuflar vida en un ensayo. Escribía no ficción en primera persona, textos basados en su experiencia desnuda, pero que se leían como una novela”, dijo sobre ella la escritora Vivian Gornick. En esa misma línea Aloma Rodríguez amplía la perspectiva: “Los textos autobiográficos y de no ficción –Las pequeñas virtudes […]– componen la novela en marcha de su vida, rellenan los huecos que había dejado deliberadamente en Léxico familiar –un libro de recuerdos de infancia y juventud– y aportan la materia prima de la que surgen algunas de sus novelas.” De repente se me ocurre que “materia prima” se dice igual en italiano.

A pesar del tiempo transcurrido, la obra de Natalia Ginzburg sigue de plena actualidad pues, partiendo de lo concreto de su época, aborda temas universales como las incertidumbres del ser humano y la fragilidad de la democracia. Vida imaginaria (Lumen, 2023), la más reciente incorporación a nuestra biblioteca “ginzburgiana”, fue publicado por Mondadori en 1974. Según Domenico Scarpa, que incluye un largo texto al final del libro, en Vida imaginaria el texto más importante es “Los judíos”, publicado en La Stampa el 14 de septiembre de 1972, pocos días después del atentado en Múnich perpetrado por ocho palestinos contra unos atletas del equipo de Israel. Murieron nueve atletas, cinco terroristas y un policía alemán. El artículo de Natalia Ginzburg levantó una gran polvareda. Fue muy criticada por los intelectuales de la época. Primero porque, siendo ella judía (hija de judío, aunque nunca hasta entonces se había declarado como tal), se atrevió a ponerse del lado de los palestinos y, segundo, por no haber llegado al fondo de la cuestión, que es más o menos lo que declaró su amigo Cesare Garboli: “No se puede partir de premisas impolíticas, llegar a conclusiones impolíticas, y al mismo tiempo escribir un artículo político. […] Natalia tiene razón cuando afirma que siempre hay que estar del lado de los que sufren injustamente.” En fin, que se metió en camisa de once varas, y a mí, personalmente, no me parece el texto más importante del libro a pesar de ser un tema que, por desgracia, sigue vigente, porque no llega hasta el fondo en esa tarea de excavación en su propia vida que caracteriza el resto de sus escritos.

La materia prima de todo lo que Natalia Ginzburg escribió es sin duda de primera calidad. Con esa materia prima y un gran dominio del lenguaje podía hacer maravillas. A veces resultaba abrupta, incluso descarnada, pero nunca le faltaba una gran dosis de generosidad y de humanidad. Cada una de sus frases contiene su mundo, su verdad, y crece a la manera de los fractales, cuya geometría se repite a distintas escalas, pero siempre fiel a sí misma. Como dijo Elena Medel en el año del centenario, “sus libros son pequeñas obras de ingeniería. Detrás de cada frase sencilla hay un trabajo de pulido finísimo. Escribe de lo que tiene más cerca para hablar de lo que tiene más dentro”. A veces se equivocaba, como cuando en “Mi oficio” dijo que si intentaba escribir un ensayo o un artículo para un periódico le iba bastante mal. Y no era la falsa modestia lo que la caracterizaba. Incluso en los errores buscaba la verdad como un zahorí busca el agua subterránea. Su autenticidad y su valentía siguen marcando un camino.

Cristina Grande