Agua Viva

16,95 € IVA incluido

AUTORA:                   Clarice Linspector

TRADUCTORA:         Elena Losada

ISBN:                          979-13-87688-15-8

ENCUADERNACIÓN: Tapa blanda con solapas

PÁGINAS                     112

“Agua viva”, de Clarice Lispector: el lenguaje sin límites, ni aderezos

La prosa de Lispector tiene una musicalidad poética envidiable, las palabras no únicamente fluyen, sobrevuelan el texto esperando a ser absorbidas, impregnando al lector. Como un canto al infinito, da la sensación de que la autora no pretende convencernos de nada, es consciente de que la potencia de sus palabras logrará tal efecto sin esfuerzo (aparente) por su parte. Lanza palabras como lanza ideas, dejando a merced del lector su comprensión y acierto en el disparo. Porque «escribir es la manera de quien usa la palabra como un cebo».

«Hoy Clarice Lispector es unánimemente reconocida por el mundo intelectual y académico, por las y los lectores más exigentes, y poco a poco por un creciente público, como uno de los grandes genios de la literatura de todos los tiempos».
Laura Freixas

Editorial

SIRUELA

SINOPSIS

Ya no enviamos, ni recibimos cartas. Mandamos mensajes cortos e instantáneos, simples y repletos de abreviaturas y emoticonos. Nuestra forma de comunicarnos ha cambiado. El repertorio de palabras y signos de puntuación que manejamos se ha reducido muchísimo. Supongo que la inmediatez prima. Quién sabe si debemos tildarlo de positivo o, por el contrario, lamentarnos por la pérdida. No obstante, la necesidad de transmitir continúa, aunque sea a través de la pantalla de un dispositivo electrónico y no, de un papiro. Y el lenguaje sigue siendo el código imprescindible del que se vale el pensamiento para reflejar la organización de las ideas. La interdependencia que se origina entre ambos es enriquecedora, fruto de la evolución de miles de años. Por ello, no resulta inapropiada la pregunta: ¿en qué medida la complejidad del pensamiento se está viendo influida por esta nueva tendencia?

Precisamente, “Agua viva” de Clarice Lispector (1920-1977), publicada en 1973, puede entenderse como una larga misiva a un desconocido o hacia sí misma. La autora divaga sin orden, ni línea temporal, sin poner freno a su mente, en un ejercicio introspectivo catártico, profundo, compartido con el otro, alejado de clichés y convencionalismos. “Porque ya nadie me ata”[1] y llegar a los confines siempre ofrece una visión hipnótica, donde el vértigo y el horizonte se dan la mano, donde uno advierte que el otro aún no llegó ahí y que cruzar esa frontera es entregarse al miedo, a la aventura de lo inexplorado.

Ahondar en este texto conlleva, inevitablemente, a hacerlo en la trayectoria vital de Clarice Lispector, quien se mostraba como madre y esposa tradicional, al mismo tiempo que habitaba su propio espacio como escritora inclasificable. De ascendencia judía, nacida en Ucrania y exiliada en Brasil, nunca sintió el deseo de agradar a nadie. Evitaba la vida pública y la exposición a los medios, pues su personalidad oscilaba entre la inseguridad y el perfeccionismo. Su estilo literario también se balanceaba entre el lirismo y la prosa filosófica, combinando subjetividad y lógica. Experimentaba con las palabras y las estructuras, se suspendía en la reflexión y en las sensaciones. Se movía entre lo expresado y aquello que, simplemente, dejaba entrever. Su instrumento era el lenguaje, porque a través de él se construye y se transforma el mundo.

Partiendo del concepto del “it” o del “esto”,  aborda lo inefable, lo incomprensible, la fuerza que impulsa la existencia. Describe lo más íntimo y lo más extraño, el halo o la esencia inexplicable y primitiva de la vida. Podríamos concebirlo como una semilla viva, pequeña, imperceptible al ojo humano, pero preñada de latido y potencial. Es siempre presente e intervalo; y así lo subraya en cada línea, cuando no se detiene en estados recordados o imaginados, como el pasado y el futuro. “Ahora es un instante. Ya es otro ahora”[2] y no existe mayor heroicidad que confiarse al momento, al aquí, al relámpago que nos sacude por dentro. El ser humano no suele valorar el prodigio del segundo en el que está siendo y no volverá a ser, porque se centra demasiado en aquello que fue o en lo que no existe. Desde niños nos preparan para la vida, a la vez que nos la arrebatan con sus preparativos. El único pulso es el que uno siente en sus venas al apretar la yema ligeramente contra la piel, no el que se proyecta entre agendas, modas y precauciones excesivas.

No se comprende la música, se escucha. No se comprende la pintura, se contempla. Se forman antes, en el flujo mental que no cesa. La escritura, igual. Cristaliza más tarde, en la frase, en el párrafo. Lo analítico, lo superfluo, lo visual y lo auditivo, lo inconfesable, se erige en una escena que cada lector contempla desde su asiento. Tienen en ella cabida la realidad tangible y todas sus transfiguraciones. No piden permiso, ni caducan. Clarice hace alusión a la escritura en estas páginas y la interpreta como el acto de dar a luz, como una lucha personal. No sería insensato compararla con el amor, que desprende aliento y sangre, que obliga y arrastra, que salva. Esta ambivalencia distingue también su carácter expresivo, porque no siempre se haya la paz creando, ni amando. Sin embargo, es cierto que uno ya no es el mismo después de amar, ni de escribir.

María Rodríguez Velasco

AM

LA AUTORA

Clarice Lispector es una escritora especialísima, con una obra que desafía convenciones y lleva al lector a un viaje interior. Sus relatos exploran lo sublime y lo cotidiano, revelando la complejidad y la intensidad de la vida. Su obra exige una lectura profunda y despierta emociones intensas, una experiencia literaria única.

Para hablar de Clarice Lispector habría que inventar nuevas palabras, comprar un diccionario de lo sublime, utilizar un nuevo alfabeto. Es lo primero que se me ocurre para iniciar este recorrido sobre una escritora especialísima, tan especial que me atrevería a decir que en ciertos momentos, mientras la leo, tengo la loca idea de que no es de este mundo, de este planeta, que parece haber venido de lejanías inimaginables para contarnos cuentos y para hablarnos desde lo más profundo. Si toda lectura exige de quienes la emprenden una adecuación, un cambio de registro que le permita adaptarse al tono, a la manera, al ritmo y al tiempo de lo que transcurre en los universos de la ficción, en el caso de la escritora brasileña podría hablarse de metamorfosis. Hay que cambiar de piel para seguirla. Hay que desearlo y esperar a que sea ella la que otorgue el permiso para entrar en sus habitaciones desconocidas, en sus atmósferas flotantes, en ese río de emociones que sólo los que están dispuestos a sentir, a vibrar, pueden percibir con plenitud.

Lispector es en sí misma un planeta y para llegar a su centro, al centro de esta mujer que nació para jugar con el lenguaje y renovarlo, para volcar la poesía en extensos valles narrativos, hay que ejercitar todos los sentidos: los ojos agrandados para alcanzar las anchuras, la particular belleza de sus jardines o los aspectos más lúgubres de sus estancias cerradas; los oídos bien afinados para escuchar, para escucharlo todo, con especial atención a los silencios; el tacto preparado para rozar las más suaves y las más ásperas texturas; el paladar dispuesto a saborear lo exquisito y a retraerse ante el asco…

Fuera comodidades, entonces. No se trata de una travesía cómoda. Fuera ideas preconcebidas. Fuera el concepto de ir a lo seguro, sobre seguro. Aquí el barco ha de cruzar tempestades y el corazón soportar vaivenes de todo tipo, pero ha de llegar el momento de los mares en calma y el instante de la comprensión cristalina. En el inicio de “La pasión según G.H.” Clarice Lispector lo deja muy claro: “Este libro es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente personas de alma ya formada. Aquellas que saben que el acercamiento, a lo que quiera que sea, se hace de modo gradual y penoso, atravesando incluso lo contrario de aquello a lo que uno se aproxima…” Son sus palabras un aviso para navegantes, la declaración de intenciones de quien sabe que no todo el mundo está dispuesto a explorar los bosques de la existencia para intentar alcanzar sus claros; de quien sabe que una gran mayoría de personas prefiere estar entretenida en múltiples obligaciones, citas y trabajos, para no pensar en lo que fluye por debajo de lo perceptible, para no detenerse en los vacíos, en los huecos inquietantes de la vida.