Crisálida

21,95  IVA incluido

AUTOR:                        FERNANDO NAVARRO

ENCUADERNACIÓN : CARTONÉ

FORMATO:                   14 X 22

ISBN:                             978-84-19581-89-1

PÁGINAS:                      272

EDICIÓN:                       3º

COLECCIÓN:                 IMPEDIMENTA

La niña Nada abre los ojos en la cama de un sanatorio al que no sabe cómo ha llegado. Los recuerdos y las pesadillas provocados por los fármacos la trasladan a un tiempo anterior, cuando sus padres se la llevaron, junto con sus cuatro hermanos, a vivir a un bosque perdido en algún lugar entre las Alpujarras y Sierra Nevada. Allí la violencia y la locura se apoderan de toda su familia, en especial de su padre, al que apodan el Capitán, un hombre atormentado y paranoico por el que Nada siente una extraña fascinación. Asediada por una presencia inquietante que habita en el corazón del bosque, la niña aprende a crecer en mitad de una naturaleza tan viva como hostil, tan extraña como peligrosa.

Mitad folk horror, mitad novela de aprendizaje, Crisálida recrea un mundo sureño lisérgico donde el humor y la violencia se entrelazan para narrar una conmovedora historia de abandono infantil que bebe tanto del terror familiar de Shirley Jackson y Stephen King como de los dramas paternofiliales del cine de Víctor Erice y Carlos Saura.

Editorial

IMPEDIMENTA

SINOPSIS

«Crisálida (Impedimenta, 2025) es la primera novela de Fernando Navarro (Granada, 1980), guionista de películas como Segundo premio, que ganó tres premios Goya en 2025. Esta fábula llena de misterio y sordidez presenta la comunión entre la naturaleza y el ser humano y mezcla temas como el salvajismo, la familia o los secretos. La narradora y protagonista se hace llamar Nada y es la segunda de cinco hermanos. Ella era una niña con una vida corriente en una ciudad corriente hasta que su padre decidió que abandonaran el piso y se mudaran a una tienda de campaña en la Alpujarra. Tras varios meses en este entorno hostil, las condiciones extremas los llevaron al límite de la locura y de la bestialidad, hasta que un día Nada aparece en un sanatorio, desde donde cuenta su historia.

La novela comienza con Nada despertando en esa clínica después de escuchar una voz que la llamaba «niña» y la animaba a abrir los ojos. Parecía la voz del Capitán, como llamaba a su padre —todos tenían apodos, incluida su madre, a la que llamaban Madreselva—. Sin embargo, no puede ser él, pues nunca se dirigió a ella con una palabra mínimamente cariñosa y, además, según ella, ahora debe de estar pudriéndose arriba en las montañas. En la clínica, Nada sufre pesadillas y los efectos de la medicación la hacen viajar al pasado, a su vida de aislamiento y horror. No puede olvidar su vida en la montaña; de hecho, le parece seguir allí. Así, empieza a hablar sobre sus hermanos, sucios y asalvajados, figuras tiernas y vulnerables que requieren su cariño; de su madre, silenciosa, y de su padre, erigido como un dios, como algo supremo que ostenta la autoridad.

En el sanatorio, Nada suda mucho y las sábanas finas envuelven su cuerpo y se pegan a él, como una crisálida o una capa transparente que se convierte en su segunda piel. En ese lugar, del que los médicos dicen que no es un manicomio, pero la narradora sí lo piensa, pues todos allí parecen locos, Nada tiene numerosos pensamientos autodestructivos e incluso algún intento de suicidio. Una enfermera intenta ponerle un nombre, pero ella se niega, pues padece una pérdida de identidad crónica, pues se lamenta de no haber tenido nombre y al mismo tiempo quiere mantenerse sin él. Se trata, en definitiva, de una narradora quebrada y rota por todas partes sin remedio ni esperanza de arreglo.

Después de una introducción sobre quién es Nada, dónde está y por qué, desarrolla su vida en las montañas, cómo llegaron hasta allí y quiénes eran sus padres y sus hermanos. El origen de todo fue un «volunto», como dice, que le dio a su padre, que se desligó de todo lo que tenía hasta marcharse a la sierra. Su padre siempre había mentido a todo el mundo, incluso a sí mismo, para escapar de lo que le rodeaba, pero sobre todo de él. Su padre, que tenía una vida proyectada de niño bien del Opus, pero que rompió con todo ello y se fue a vivir con Madreselva. Sin embargo, sus proyectos salieron mal y aparecieron la soledad, la pobreza y la locura. Su padre, un relaciones públicas que tuvo multitud de trabajos, que tocaba la guitarra y que escribía poesía y se complementaba con Madreselva, siempre tan callada.

El Capitán y Madreselva, irresponsables con respecto al cuidado de sus hijos, se marchan al bosque para buscar el tesoro de los musulmanes expulsados, pero también para huir de la jaula de cemento que es la ciudad. Para ello, paradójicamente, se encierran en la sierra. El Capitán rechaza el mundo exterior, la sociedad civilizada y urbana, cuando en realidad lo más probable es que esté frustrado porque aspira a conseguir una vida decente y al no conseguirlo renuncia a todo y se radicaliza. Por todo ello, Nada hace una crítica incisiva, continua, perseverante y malaya hacia su padre, hacia la actitud que mantenía con ellos, y también a su madre por no impedirlo. «Levantaba la corteza de los árboles y siempre salían insectos y eran como nosotros, familias a las que les han levantado el pecho y tienen que huir», dice Nada.

El Capitán odia a los del Opus, porque su familia pertenece, pero Madreselva tiene un discurso similar, pues dice que han llegado a tierra de moriscos, que «eran moros que son mejores que los cristianos» y luego añade: «[…] los moriscos […] acabaron viniéndose a estas tierras a esconderse y matar cristianos que es lo que hay que hacer». El Capitán defiende que son víctimas de una persecución, una expulsión, como la de los judíos o los musulmanes, y adoraba a Boabdil porque, quizás igual que el sultán, también perdió su reino. Quieren ser libres y, en su libertad, son juzgados por la sociedad. Nada reconoce que cuando vivía en Granada rezaba a los dioses de sus abuelos para que su madre no muriera, pero que en la montaña, descontenta de todo y resignada, deseaba que todo muriera en el mundo.

Ya en la naturaleza, Nada se interna en lo más primitivo del ser humano, en las creencias y los miedos a lo desconocido. Después de varios días y de tanta nieve, encuentran dos automóviles abandonados y empiezan a vivir en ellos. Sin embargo, nada está limpio en las montañas, como dice la narradora a raíz de cazar un jabalí sucio de sangre, escarcha y barro. «El bosque o el Capitán, si es que no son lo mismo, me están convirtiendo en otra cosa», dice Nada. Esta aventura arriesgada coincide con su despertar a la madurez y con la asimilación de responsabilidades que no le corresponden, mientras que el Capitán quiere que sus hijos permanezcan como niños eternamente y que no crezcan. Entonces, surge una presencia extraña en el bosque que no sabemos si está dentro de la cabeza de Nada, y es su miedo personificado, o no.

Crisálida es una novela de aprendizaje que contiene violencia, un toque de humor y un poso trágico a consecuencia del abandono y las carencias de la protagonista. Fernando Navarro usa a Nada de narradora de forma inteligente, ya que tiene la edad suficiente entre todos sus hermanos como para tener un vocabulario, un discernimiento y una conciencia aptos para, aunque quede aislada en el bosque, poder narrar lo que ocurre porque también conoce y se ha desarrollado en el mundo exterior. Además, la escritura de este autor es rocosa y sortea las normas de la lengua para aferrarse a la más pura expresión del habla local, como demuestra la primera frase de la novela, donde prescinde de las comas del vocativo para adaptarlo a la forma hablada de Nada y darle mayor dinamismo y agilidad. En otras escenas, escribe sin signos de puntuación, por lo que la lectura se hace algo asfixiante a propósito.

A veces, Nada alcanza cotas de delirio que hacen que el lector confunda qué es real y qué no de todo lo que relata. En algún momento, habla de sí misma, de su identidad, pero sin desvelar su nombre, como una barrera infranqueable, como algo que no existe. Quiere vivir en la crisálida, salir al mundo exterior, y al mismo tiempo quedarse en el sanatorio. «Regresar es regresar a todo lo que dolía de aquellos días. El bosque es un silencio que se va a llenando de ruidos extraños», dice. Sin duda, es uno de los pocos libros que ha conseguido meterme en su atmósfera y sentir el miedo de la noche y del Capitán en mi propia piel». Mortal  y Rosa

EL AUTOR

«Años antes de crear el áspero y lorquiano universo de Malaventura, el inquietante acid wéstern andaluz que fue su exitosa carta de presentación literaria, el escritor y guionista Fernando Navarro (Granada, 1980) –la pluma detrás de filmes como Verónica, Orígenes secretos o Segundo Premio– tuvo una idea para una película. Jugando con la hibridación en la que tan bien se mueve, el autor pretendía hacer una mezcla de novela de aprendizaje, historia de aventuras y cuento de terror gótico para narrar la historia de una familia, dos padres y cinco hijos, que se echa a vivir al bosque huyendo radicalmente de la sociedad.

«En un principio, sólo era una sinopsis para una película que iba a rodar con una directora alemana sobre la familia, un tema muy típico de la tradición centroeuropea, pero quería hacer algo un poco más salvaje, más violento, más mediterráneo», cuenta Navarro sobre el origen de Crisálida (Impedimenta), una inquietante y cruda fábula, onírica, metafórica y profunda que, a través de esta sencilla historia de abandono del mundo aborda temas como la degeneración hacia el salvajismo del
ser humano, el desamparo infantil y la imposibilidad de crecer o la necesidad de crearnos rutinas y mitos para sobrevivir. «La película finalmente no salió, pero la historia iba llamándome cada poco tiempo. Solamente me faltaba encontrar la voz», prosigue el escritor. Y es que una de las claves de Crisálida es la perturbadora y poco fiable narradora, Nada –o Ná, como la llaman sus hermanos–, una adolescente que recrea internada en un psiquiátrico cómo fue el descenso a los infiernos y la libertad que vivió su familia. «Estaba muy perdido, hasta que me dije: ¿Quién cuenta esto? ¿Cómo lo cuenta? ¿Cómo expresa ese trauma? ¿Diría esto, esta niña contaría esto, se atrevería incluso a pensar en esto? Y cuando encontré la voz y pude destilarla en esa primera persona y esa manera de hablar que tenía la niña, fue cuando la historia salió sola», relata Navarro.

Así, Nada nos cuenta desde su encierro en el sanatorio cómo su padre, el Capitán, un hippie buscavidas y fracasado, levemente drogadicto y de buena y opusdeísta familia, decidió un buen día dejar atrás la corrupción de un mundo que le rechazaba e irse con su mujer y sus cinco hijos a una remota zona de Sierra Nevada. «Nos movía como si fuera un dios porque
siempre pensó que era un profeta un santo un elegido. Nuestro jefe. Nuestro amo. […] No éramos niños, éramos sus soldados, sus juguetes, sus esclavos, sus discípulos, sus muñecos», escribe la protagonista en recuerdos fragmentados, plagados de saltos temporales, alucinaciones entre místicas y psicodélicas y reveladores silencios.

El primero, el de sus nombres, que el padre les hurta nada más llegar, antes de comenzar un régimen cruel lleno de violencia que va, poco a poco, deshumanizando a la familia. «El padre es un personaje ambiguo, es cruel y arbitrario, pero los lleva al bosque por amor. Él quiere a sus hijos y cree sinceramente que en realidad los está salvando de un mundo terrible que a él le ha destrozado. Lo que demuestra que en nombre del amor cometemos las mayores barbaridades», reflexiona Navarro que, como guiño a sus lectores, reconoce que este hombre está inspirado en el protagonista del último relato de Malaventura, pero «hipervitaminado». «Me gusta explorar estos personajes oscuros, estos villanos tipo el capitán Ahab, Long John Silver, el Kurtz o el Lord Jim de Joseph Conrad, cuya complejidad y capas los convierte en seres fascinantes», dice. «Nunca sabemos por qué decide irse, pero se intuye, y quería reflexionar sobre este gesto tan romantizado, casi más punk que hippie, de romper con el mundo, de abandonarlo todo, que es muy seductor y al mismo tiempo muy insensato».

Insensato porque, como refleja la novela, la naturaleza no es un territorio agradable ni humano. «Estoy en contra de ese mito moderno del Walden de Thoreau que nos ha vendido la naturaleza como ese lugar de retiro idílico. No entiendo esta fiebre neorruralista actual. La naturaleza siempre es salvaje, no idílica», defiende Navarro. «Cuando se dice eso de que la naturaleza nos salvará, yo pienso en lo contrario. Salvando los excesos, la tecnología, el alcantarillado, la electricidad… todo eso es lo que nos salva y nos permite estar sanos y no volvernos salvajes. El bosque de esta novela es un territorio hostil, hay un frío helador, si no cazas, no comes. O matas o te mata».

En este sentido, la novela encierra una crudeza angustiante que nace de la dura realidad a la que se ven abocados estos niños, que pronto deben luchar por sobrevivir en la más absoluta precariedad moral y material. Sin embargo, la violencia, que la hay, nunca es gratuita. «No buscaba hacer un libro desagradable, sino que fuera crudo, salvaje, porque el hombre es muy salvaje, y en estado salvaje, es más salvaje todavía. Sin querer buscar el escándalo ni hacer nada especialmente truculento, sí que necesitaba que los personajes estuvieran libres y se comportaran con libertad. Y en libertad, unos niños pueden ser muy peligrosos», apunta Navarro, que cita como referentes de historias de niños perversos obras como El hijo cambiado, de Joy Williams o Claus y Lucas, de Ágota Kristóf. «Por eso, junto a la violencia añadí muchos elementos de lo que podrían inventar unos niños en esta situación, juegos, animales imaginarios, canciones… Todo un mundo onírico que, en buena medida a través del lenguaje, suaviza lo narrado. Como decía Foster Wallace: ‘La literatura tiene que confortar a los que están perturbados y perturbar a los que están tranquilos’».

Así llegamos al tema clave de Crisálida, que no es otro que la infancia, explorada aquí en todas sus formas. «Siempre me ha interesado la infancia como tema. Es verdad que mi generación se crió mucho con esto, con las películas de Víctor Erice o Carlos Saura, narradas siempre desde la mirada del niño. Quizá por eso me interesa la mirada infantil hacia el mundo, ver la realidad con ese filtro que no es inmaduro, sino inocente y sabio a la vez, infantil», explica el escritor. «Siempre se habla del paraíso de la infancia, impera esa idea, como decía Panero, de que la infancia se vive y después sólo se sobrevive, pero yo quería explorar lo contrario, el desamparo, el abandono, qué pasa cuando tu infancia se ve interrumpida y debes convertirte en un niño adulto».

No obstante, Navarro defiende que aún en el peor de los casos, «incluso si es dura y cruel, la infancia sigue recordándose con nostalgia. Bl escritor J. G. Ballard -el autor de culto de El Imperio del sol que pasó parte de la Segunda Guerra Mundial encerrado en un campo japonés- siempre contaba que los mejores anos de su vida fueron los del campo de prisioneros, cuando era niño, creciendo, y que aunque pasaba era hambre, frío, no dormía, pero estaba jugando, la vida era un juego, había posibilidades…», relata. «Hay un momento de el Capitán que me gusta cuando, desde su mente desquiciada, dice a sus hijos: ¿No os dais cuenta de lo que de crecer si lo mejor es esto?. En cierto sentido, tiene razón. Si esos niños pudieran hablar siendo adultos, recordarían los años en el bosque, a pesar de su brutalidad, sus privaciones, su locura, con alegría y nostalgia».

No nos compete desvelar todo lo que ocurre en la novela, pero aunque lo hiciéramos, no cambiaría en buena medida la experiencia del lector, porque Crisálida es mucho más que esta simple historia. Una virtud que nace del uso del lenguaje y del particular universo creado por Navarro, que bebe mucho de su trabajo en el cine y sus referentes literarios. «Me gusta cuando una cosa real puede convertirse en un cuento a través de lo hipnótico y de lo psicodélico, eso que decía David Lynch, que en paz descanse, de que para él las películas eran sueños», apunta. «Y también me gusta cuando la literatura se desliza hacia lo inquietante, hacia lo fantástico, como las obras de Pilar Pedraza, Cristina Fernández Cubas, Pilar Adón, Cartarescu, Kafka…».

«Antes que nada soy lector, y me fascina cuando encuentras un libro en el que hay algo en el lenguaje que no te esperabas. He querido plantear este juego a quien lo lea, que diga: No me esperaba que esto iba a estar contado desde esta niña, que b a a hablar así, que iba a callarse en este momento, que iba a ver esta elipsis, que de repente iban a saltar a una muerte cuando parece que estaba todo en calma, que iba a haber dos espacios…», explica. «Mi intención es llevar a la gente a sitios que no se imaginaba al abrir el libro, que leer la sinopsis no le lleve a ningún lado y dé igual. La idea es que el lector elija qué ha pasado con la niña, que decida dónde le gustaría que fuera más feliz y dónde la quiere situar, si en una piscina flotando feliz, en un bosque perdida, en una cueva con un gigante… Esa es la magia de la literatura», concluye»

—Andrés Seoane