AUTOR : Alan Sillitoe
TRADUCTORA: Mercedes Cebrián
INTRODUCCIÓN: Kiko Amat
ENCUADERNACIÓN: Rústica
FORMATO: 13 x 20
ISBN : 979-13-87641-49-8
PÁGINAS: 248
La soledad del corredor de fondo, de Alan Sillitoe, es uno de los más lúcidos y crudos retratos de la Inglaterra obrera de posguerra. Un libro sobre la guerra de clases, la honradez, la huida y el deseo de aislamiento o individualismo a ultranza que, casi seis décadas después de su publicación original, continúa respirando con la misma hondura seca y el mismo pulso silencioso que lo hicieron inolvidable.
Colin Smith vive en un barrio obrero de Nottingham con su madre viuda, el amante de esta y sus tres hermanos pequeños. Su vida no es ejemplar y tiene la sensación de que el mundo ya ha decidido por él. Cuando roba una panadería y acaba en un reformatorio, descubre algo inesperado: se le da bien correr. En la carrera solitaria de la madrugada encuentra un territorio propio, una claridad que no había conocido, y unos privilegios que no desea para sí. Hasta que finalmente tendrá que elegir entre el éxito como héroe deportivo y la soledad del corredor de fondo. Alan Sillitoe reúne en este volumen mítico una descarnada colección de relatos centrados en el sombrío aislamiento de la clase obrera, en los pequeños delitos que se cometen para salir adelante y en la profunda ira que domina a los habitantes de las ciudades industriales, abocados a la desesperación. Una realidad que sigue hoy tan vigente como lo fuera hace más de medio siglo.
Así empieza:
«Nada más llegar al reformatorio me destinaron a corredor de fondo. Supongo que pensaron que estaba hecho para eso porque era alto y flaco para mi edad (y lo sigo siendo) y de todas formas, a mí me daba un poco igual, a decir verdad, porque correr siempre había sido algo importante para nuestra familia, especialmente correr huyendo de la policía. Siempre he sido un buen corredor, veloz y de zancada larga; el único problema era que aunque el día del trabajito en la panadería corrí lo más rápido que pude, y puedo afirmar que logré una muy buena marca a pesar de todo, no por ello evité que me pescaran los polis tras todo aquello. Os sonará un poco raro eso de que haya corredores de fondo de campo a través en el reformatorio; pensaréis que lo primero que un corredor de este tipo haría cuando lo dejasen suelto por los prados y bosques sería huir del lugar tan lejos como pueda llevarle la barriga llena de la bazofia del reformatorio, pero os equivocáis, y os diré por qué».
SINOPSIS
La soledad del corredor de fondo, supone todo un compendio de la literatura de este autor inglés nacido en Nottingham, que nos acerca, por otro lado, a los aspectos más inquietantes de una sociedad, la europea, que veía cómo de nuevo las ansias de poder, la irrupción de un tremebundo racismo y el desarrollo de los diferentes nacionalismos daban como resultado un nuevo receso en la paz que tanto había costado conseguir tras el agrio y turbulento proceso diplomático que tuvo lugar tras la primera guerra mundial.
Los relatos que Sillitoe recoge en este volumen (un total de nueve, repartidos en 256 páginas) se hacen cargo del desajuste estructural ante el que, como seres individuales y finitos, nos situamos de manera indefensa y, hasta cierto punto, cruenta, puesto que nuestras armas (fundamentalmente la palabra, que en la mayor parte de los casos -como reza el dicho- se la lleva el viento) no suponen amenaza alguna para un sistema que nos trata como meras piezas de un complejo engranaje. Y cuyo fin último, por cierto, solemos desconocer.
En el primero de los textos, que da nombre al propio libro («La soledad del corredor de fondo»), Sillitoe denuncia esta situación de desamparo, de vulnerabilidad ante una instancia que sabemos superior en cuanto a su poder efectivo (por muy inferior que pudiera ser en realidad en otros muchos sentidos), en un relato en el que pone de manifiesto la relación entre un director de reformatorio y el joven protagonista de la historia:
Soy un ser humano y tengo pensamientos y secretos y una maldita vida interior que él ni siquiera sabe que está ahí, y nunca lo sabrá porque es un estúpido. […] Él es un estúpido y yo no lo soy; porque yo soy capaz de ver dentro del alma de la gente de su clase, y él no ve una mierda en los de la mía.
Dos aspectos debemos anotar, que se repetirán a lo largo del libro -así como en las restantes obras de Alan Sillitoe-. Por un lado, la reivindicación del yo frente a una alteridad que, por lo general, presenta tintes claramente amenazadores. En este caso se trata de una autoridad académica, figura que puede resultar acaso poco conminatoria desde un punto de vista externo. Sin embargo, para el personaje central de este relato, aquél supone el auténtico verdugo de su libertad. En segundo lugar, ese yo que se rebela contra una autoridad que pone grilletes a su albedrío, se sabe además víctima de un escenario que le desborda por completo (la sociedad, el Estado, etc.) y, por esta misma razón, es consciente de que su verdadero horizonte de acción se encuentra en su entorno más próximo. Así lo confiesa el joven protagonista:
Las guerras del gobierno no son mis guerras; esas guerras no tienen nada que ver conmigo porque a mí lo único que me preocupará siempre es la guerra que yo mismo estoy librando.
Como explica Kiko Amat en el prólogo de manera muy certera, «los personajes iniciales de Sillitoe son como punks, skins y sans culottes: su posición es el escupitajo y el puñetazo y la farra, no la asamblea democrática ni la manifestación reclamando derechos. El mandamiento principal es no arrodillarse ni pedir limosna, el más alto atributo la dignidad personal». El director del reformatorio no se cansará de pedir a su pupilo, precisamente, que se haga digno poseedor de la virtud por antonomasia, la honradez, y a su vez, el joven personaje no duda en asegurar que él es ya honrado, «vaya que lo soy, nunca he sido otra cosa sino honrado, y siempre lo seré». De nuevo, la rebeldía frente a la autoridad impuesta desde el exterior.
Aunque el libro comparta título con uno de los relatos, acaso el más extenso y el que más fama ha adquirido desde la publicación original de la obra en 1959, he de confesar que es otro de los textos que componen La soledad del corredor de fondo el que más me llama la atención, tanto por su estructura narrativa como por su gran carga emocional. Se trata de «El cuadro del barco de pesca». A mi juicio, la sola lectura de este relato supone ya razón suficiente para hacerse con un ejemplar del libro de Sillitoe. En él asistimos a la evolución de un matrimonio que, finalmente, acaba rompiéndose. Y no piense el lector que con ello he desvelado en absoluto el desenlace de la composición. Como en el caso de numerosas relaciones, la monotonía y el estado de letargo causado por el día a día suponen factores que la pareja tendrá en cuenta a la hora de romper el nexo que les une; sin embargo, años más tarde vuelven a encontrarse por diferentes circunstancias, y será entonces cuando, a pesar de lo ocurrido años atrás, puedan reconsiderar todo su universo interior. Anticipo que el matrimonio no se recompone. Aunque hay que decir que Kathy y Harry (tales son sus nombres) nunca dejaron de ser marido y mujer, puesto que nunca se divorciaron legalmente. Entonces, ¿qué vuelco del destino les empuja a reiniciar el contacto entre ambos? Un texto único que, además de su interés narrativo, encierra reflexiones que obligan al lector a levantar la vista del libro y suspirar.
Yo nací muerto, me repito sin parar. Todo el mundo está muerto, me respondo. Lo están todos, sostengo, pero algunos de ellos nunca llegan a saberlo como yo, y es una vergüenza que no haya llegado a saberlo hasta el final, cuando menos puedo hacer al respecto, y cuando es terriblemente tarde para sacar de ello nada salvo males.
La soledad del corredor de fondo es un libro impresionante por el desgarro y sinceridad de la literatura de Sillitoe, que no duda en hablar de profesores corrompidos, de leyes injustas, de las condiciones de los trabajadores frente a un capitalismo aún incipiente, de relaciones de difícil clasificación, etc. Un clásico contemporáneo con las armas de un escritor crítico y en absoluto resignado (pluma, mala leche y talento), aunque también, al fin y al cabo, convencido de «la vacuidad del mundo», como escribe en otro de los relatos del libro, «Tío Ernest».
Carlos Javier González Serrano
EL AUTOR
El nombre de Alan Sillitoe (1928-2010) no es de los más populares entre nosotros. Autor de algunos relatos sobre la clase obrera inglesa, sobre sus angustias y dificultades -algunos muy celebrados, como Sábado por la noche y domingo por la mañana o La soledad del corredor de fondo (ambos recuperados recientemente por Impedimenta)-, la publicación en castellano de su autobiografía invita de nuevo a la reflexión sobre el autor y las difíciles circunstancias en las que escribió sus primeras novelas y relatos.
Hijo de una familia que vivía prácticamente en la indigencia en los años treinta, su trayectoria intelectual, su espíritu de superación, ponen sobre la mesa, una vez más, la discusión acerca de la formación de la identidad. El relato de Sillitoe, La vida sin armadura, da cuenta de cómo la escritura surge en él como respuesta a un imperativo existencial, un espacio en el cual su yo puede vivir y moverse siguiendo la oscura intuición de que es el único camino posible.
Constantes peleas
Su padre era un hombre problemático que apenas pudo trabajar unas semanas en los primeros diez años de vida conyugal. Murió sin saber leer ni escribir y desahogaba sus múltiples frustraciones maltratando a su esposa y a sus hijos, mientras que la madre de Sillitoe hacía cuanto podía en medio de la catástrofe familiar. Las peleas eran constantes y Sillitoe, en algún momento de su infancia, permaneció interno en una escuela para niños con problemas de salud mental, sin padecerlos, porque la comida que les daban era mejor que la que su madre podía ofrecerle en casa.
Nada podía hacer pensar que aquel niño enclenque y falto de los recursos más elementales para progresar sería capaz de hacerse por sí mismo con una cultura y salir adelante como escritor. Pero los programas culturales de la BBC, la poca escuela a la que asistió, la posibilidad de comprar libros por unos pocos centavos, su deseo de dejar atrás la pobreza y una mente que en cualquier cosa encontraba espacio para su desarrollo lo hicieron posible. Todo ello actuaría como poderoso incentivo para el desierto Sillitoe, quien se vería empujado a encontrar una unidad de medida con el fin de paliar la distancia que le separaba del mundo.
De modo que aun viviendo bajo el área de influencia paterna, el hecho de convertirse en una isla en sí mismo transformó la carencia en una cualidad: el mísero lugar de su infancia tenía todas las características fundamentales que un día le conducirían hacia una vida mejor.
Calles embarradas
Su literatura se alimentaría en el futuro de Nottingham, de sus trabajadores, su centro correccional, su crudo lenguaje, su modo de vida y sus calles embarradas. De su propia rebeldía, en definitiva, aunque en la utobiografía desdeñe la filiación al movimiento de los angry young men, «una etiqueta propia de periodistas o de quienes se preocupan por clasificar aquello que no entienden».
Leyendo a Sillitoe, en todo caso, se piensa en las entrañables y punzantes películas de Ken Loach o en la maravillosa autobiografía novelada Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt, pero es que Sillitoe fue el primero, tal vez, a la hora de hacer literatura partiendo de la cruda realidad de la clase obrera inglesa. Y hacerla en un estilo claro y directo, cargado de eoción.
Pintas de cerveza
Ah, hay algo en la literatura de lengua inglesa que parece fruto de un candor extraordinario. Sus escritores operan como si acabaran de llegar al mundo del idioma y no pudieran resistir la tentación de nombrar cada pinta de cerveza, cada cuchara, cada guinea que ganan.
Pueden resultar demasiado felices narrando, demasiado fuertes, con demasiada inclinación al fair play, todo ello es posible, pero su lenguaje es denso como el mar y no teme al ridículo. Por eso llega donde quiere llegar»
ABC
Anna Caballé