SINOPSIS
El encuentro fortuito con un árbol superviviente de la bomba atómica inspiró a Efrén Giraldo, profesor de literatura, nieto de campesinos y jardinero aficionado, los textos de este libro, que quieren contribuir al inventario de ficciones e iconografías de las plantas a través de relatos sobre trasplantes, extinciones e invasiones. En estas páginas hace acopio de especies reales e imaginarias, provenientes de intereses, preferencias e historias de vida propias y ajenas, pero también de representaciones literarias, científicas y artísticas que nos revelan la asombrosa inteligencia de la flora. Un ensayo de exuberante erudición que ahonda en el extraordinario poder de resiliencia del mundo vegetal y su papel en nuestras vidas.
EL AUTOR
Efrén Giraldo (Medellín, 1975), escritor, crítico, investigador y editor, es doctor en Literatura por la Universidad de Antioquia y docente en la Universidad EAFIT. Ha publicado ocho ensayos, de los que cabe destacar Entre delirio y geometría (2013)—ganador del Premio Nacional de Cultura en Literatura de la Universidad de Antioquia en la modalidad de ensayo—, La poética del esbozo (2014), La línea sin reposo (2016), Cartas a una joven ensayista (2017) y Teorías de lo ilegible (2023). Por Sumario de plantas oficiosas (Acantilado, 2026), ha recibido el Premio de No Ficción Latinoamérica Independiente (2022) y el Premio Nacional de Ensayo de Colombia (2024).
frén Giraldo no es botánico, ni investigador en temas relacionados con las plantas; apenas si tiene como antecedente familiar a su abuelo, dueño de una finca mediana durante una de las épocas de esplendor cafetero de Colombia, y se considera un jardinero autodidacta. Pero, durante la pandemia, un poco por aburrimiento y un poco por la alteración de la temporalidad que produjeron los encierros obligatorios, se dedicó a escribir sobre los verdes habitantes de la Tierra. Producto de esas reflexiones, un poco ensayísticas, un poco recuerdos de familia, un poco especulativas, nació Sumario de plantas oficiosas. Un ensayo sobre la flora (Ediciones Godot) el libro con el que Giraldo -nacido en Medellín en 1975, doctor en Literatura y profesor de la universidad Eafit- obtuvo el premio latinoamericano de no ficción 2022.
De recorrida por el sur del continente estuvo en Buenos Aires, después de visitar Montevideo y antes de seguir hacia Bolivia, y dialogó con LA NACION acerca de cómo se ha ocultado históricamente la otredad radical que implica convivir con las misteriosas plantas. “Son algo muy distinto, que te desacomoda, entonces se decidió dejarlo afuera o colocarlo en sitios más cómodos. El ordenamiento de seres humanos, animales, plantas y luego minerales fue una respuesta de alguien con temor. Se las ha demonizado, junto con los hongos; y creer que son demonios es parte de una gran ansiedad ecológica”, señaló.
-¿Este libro es entonces un hijo de la pandemia?
-También tuve un hijo de verdad (ríe). Este es un resultado colateral de la pandemia. Aunque en verdad no padecí el encierro, porque estaba en zona campestre. Estuve en condiciones muy buenas para escribir y decidí volcarme sobre estos temas a partir del herbario de Emily Dickinson, el herbario que hizo a los 8 o 9 años. Pero es cierto que tuvo como germen secreto la alteración de la temporalidad, la idea del adentro y del afuera trastocadas durante esos años del Covid.
-¿Qué descubriste en ese proceso?
-Descubrí que cuando miramos a las plantas con detalle aprendemos una cantidad de cosas. Que cuando intentamos seguirlas en su comportamiento, nuestra vivencia del tiempo y el espacio cambian. Esa suerte de alteración de la conciencia me pareció interesante. Luego, se agregó la recuperación de mi historia familiar, porque son importantes las anécdotas de mi familia, que es una historia entretejida con lo vegetal. Esa fue una segunda revelación. La conclusión al terminar de escribirlo es que hay distintas maneras de entender la vegetación. Hay floras reales, las del paisaje, y también las imaginarias, y la misma memoria de la flora que queda en el cine, la literatura y el arte. Hay un momento en la escritura en que aparece la ficción, que me interesa mucho, porque termina siendo un gabinete de curiosidades.
-¿Hablás con las plantas, qué tipo de comunicación es posible?
-Sí, es posible. Pero creo que es una comunicación que no sigue patrones humanos. La idea que he trabajado es que están más cerca de la escritura que del habla. Me gusta más la idea de poder leerlas, antes que hablar con ellas, porque tienen un tipo de grafía, producen unos signos que expresan interpretaciones del clima, de la tierra, del aire. Se trata de una actividad de lectura. Y lo segundo que me ha interesado, es que la literatura puede ser traducción de la escritura vegetal.
-¿Cómo sería eso?
-El ensayo como género es arborescente, rizomático y la planta tiene un despliegue en muchas direcciones, la manera en que el pensamiento fluye, se reorganiza, se ramifica. Son metáforas, por supuesto. Y me ha interesado la relación entre la escritura de las plantas y las ficciones. La pregunta de la ficción es cómo ir en una dirección y llegar al final. El paradigma siempre ha sido antropocéntrico, o zoocéntrico, pero no vegetal. Pero las plantas tienen un camino, interpretan el espacio, van en una dirección, y una ficción, una historia y hasta un derecho, una estructura legal, que tome en cuenta este tipo de escritura sería interesante.
-¿Las plantas no hablan, sino que antes bien se dejan leer?
-Sí. Y podemos hacerlo. Ellas van en una dirección opuesta al estrés salino, por ejemplo, salen de esas zonas; buscan la luz, tratan de ir a lugares para mejorarlos. Como debería hacerlo la filosofía.
-Entre otras, citás la idea que dice que si viniera una civilización inteligente al planeta buscaría entrar en contacto con las plantas antes que con los humanos.
–Con las plantas y tal vez con los hongos. Por una razón muy simple: tienen una relación con el espacio de mejoramiento obligatorio. Las plantas están condenadas a estar ahí, entonces mejoran su rededor; los animales se van, y por eso somos depredadores del ambiente. Como siempre hay otro sitio, lo estropeamos y nos vamos. Ahora buscamos lugares en otros planetas. Las plantas no, las plantas se quedan y mejoran. De hecho, generaron la posibilidad de respirar. Las plantas son maestras en el arte de vivir. Son tan singulares y hacen tantas cosas que si viniera una civilización alienígena encontraría que son más interesantes que los humanos. No conocen distinción entre sujeto y objeto, viven en estado de mixtura, se proveen su propio alimento…
-Durante la historia del pensamiento fueron negadas, sin embargo. ¿A qué creés que se debe? Se suele citar como inicio aquel error de Aristóteles (que dijo que las plantas son menos que los animales porque no logran moverse y por eso están en el límite entre lo vivo y lo inerte; que son poco más que piedras).
-Se pueden dar explicaciones de la historia de las ideas, del marco mental en que Occidente está metido (porque para ciertos pueblos originarios y para Oriente es distinto). Pero creo que además de ese marco, que llega de Aristóteles y al hombre como la medida de todas las cosas, hay un gran temor. Porque las plantas son seres muy extraños, enigmáticos, impenetrables, cuya acción es invisible. Son algo muy distinto que te desacomoda, entonces se decidió dejarlas afuera o colocarlas en sitios más cómodos. El ordenamiento de seres humanos, animales, plantas y luego minerales fue una respuesta de alguien con temor. También se las ha demonizado, junto con los hongos; son demonios, es parte de una gran ansiedad ecológica.
-Quizá porque con un animal en todo caso se puede tener una teoría de la mente, ver si un perro sufre o está contento. Pero con las plantas es más difícil, no hay mente, ¿verdad?
-En parte porque a las plantas no se las concibe como individuos, porque tienen vidas que no se las distingue en el contexto de una selva. Es una ceguera vegetal. En la filosofía, en la investigación neurobiológica vegetal es algo que empieza a cambiar. A pensar que ya no es una actividad exclusiva del humano. Es claro que las plantas tienen actividad pensante, expresiva, y por eso son agentes. Es curioso, porque está clara la importancia de las plantas en la vida, más allá de nuestra depredación. Pero entenderlo desde la filosofía o el derecho ha sido más difícil. Ahora hay un fallo de la Corte Constitucional de Colombia (Corte Suprema) de 2016 donde le dio derechos a un río; creo que hay una intención que el arte y la ficción ya han visto; que llegue a la política y el derecho sería muy importante.
-Hasta ahora hablamos de las plantas en general, ¿está bien o hay que hilar más fino y en realidad son todas distintas?
-La posibilidad de individualizarlas, y que tengan historias, emociones, y que formen parte del vecindario interespecie es lo que hace la literatura. No cualquier árbol, sino un árbol, que va con su semilla. Si una planta es personaje, es narradora, que abandone el lugar de escenografía es una posibilidad para la literatura. Que la ficción incorpore voces no humanas es algo que va a florecer.
-Vos sos de Medellín, hay una cierta maldición
-(interrumpe) Una maldición vegetal.
Martín de Ambrosio
La Nación