Una historia desagradable

17,50  IVA incluido

AUTOR:                      Fiódor Dostoievski

TRADUCTORA:          Marta Sánchez Nieves

ISBN    :                      979-13-87922-52-8

TAMAÑO:                   140 X 220 mm.

ENCUADERNACIÓN: Rústica

PÁGINAS:                  96

NACIONALIDAD      : Rusa

En un contexto histórico posterior a la reforma emancipadora de 1861 en Rusia, y tras beber de más con dos colegas funcionarios, el protagonista, Iván Ilich Pralinski, expone su deseo de adoptar una filosofía basada en la bondad y el humanitarismo hacia personas de menor estatus social. Al marcharse de la reunión inicial, Iván se da cuenta de que su cochero se ha ido a otro lugar por pensar que la reunión demoraría más tiempo, por lo que decide caminar y pasa por casualidad frente a una casa donde se celebra la fiesta de casamiento de uno de sus subordinados. Resuelve entonces poner su filosofía en práctica y entra en la fiesta.

«Dostoievski es el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos». Stefan Zweig

Editorial

NÓRDICA

SINOPSIS

Se trata de una novela corta, entre la farsa y la tragedia, que el escritor publicó en su primera madurez, entre Humillados y ofendidos (1861) y Crimen y castigo (1866), en la revista El Tiempo, recién fundada por su hermano Mijaíl y por él mismo, de regreso a San Petersburgo, años después de su conmutada condena a muerte y de su experiencia carcelaria (1850-1854), casado con su primera esposa, María Dmítrievna, jubilado del ejército y tras su primer periplo europeo.

Todos los infortunios personales -muerte prematura de la madre, alcoholismo y asesinato del padre- han hecho su efecto, junto a la estancia en prisión y los trabajos forzados, y Dostoievski, entre vaivenes ideológicos, ya es el escritor agónicamente cristiano, enfermo de epilepsia, sentimentalmente inestable y adicto al juego y a la bebida.

La bebida, precisamente, es el desencadenante de la tragedia íntima, aunque también social y política, del general Iván Ilich Pralinski, consejero de estado, que se ha pasado de copas durante una celebración con dos poderosos colegas y que, abandonado por su cochero en la noche petersburguesa, va a dar a la casa donde un oscuro e insignificante subordinado celebra con gran algarabía su boda.

La reunión con sus colegas ha estado marcada por el resentimiento, el desprecio y la mal disimulada tirria recíproca, sobrellevados a base de callar y fingir hipócritamente. Rusia, bajo el zar Alejandro II, está empezando a vivir un insuficiente periodo reformista y circulan ideas nuevas. Iván Ilich ha hecho ante sus presuntos, escépticos y retrógrados amigos bandera del humanitarismo y la filantropía, y ahora, obnubilado por el alcohol, piensa que puede ser una buena idea entrar en la fiesta de su modesto empleado y mostrarse como uno más, como un tipo capaz de confraternizar con las personas de menor rango sin pretender ningún trato especial. ¡Éste es el horizonte de una nueva Rusia más democrática e igualitaria! Y allá va.

Pero él no ha sido invitado al bodorrio, al animado guateque donde decenas de personas de clase inferior a la suya bailan, comen, se desparraman y, por supuesto, beben sin tener prevista la llegada de un superior cuya irrupción les intimida y les paraliza. De momento.

Iván Illich ha tenido una pésima idea. Por más cautelas que tome, al principio, va a ser un elefante en una cacharrería. Dostoievski nos contará, primero, que, por su secular opresión y subordinación, las clases populares rusas no estaban preparadas para ser objeto de un, por lo demás, impostado trato de igualitaria camaradería, tanto más si éste era el resultado de un precepto autoimpuesto y no de un sincero convencimiento.

Después, con la bebida siempre de por medio y con un Iván Illich cada vez más beodo, descontrolado y desamparado, sin poder ser dueño ni de sus palabras ni de sus actos, los invitados pasarán al ataque, a hacerle objeto de sus burlas y de sus reproches acumulados, mientras estallan también las diferencias entre ellos, todo se echa a perder y la boda pasa a ser, como quien dice, un esperpéntico aquelarre.

Hay, pues, en Una historia desagradable, un pesimista diagnóstico social y político sobre las posibilidades de los cambios, sobre la falta de idoneidad de unos y de otros para protagonizarlos de la manera adecuada, debido a las raíces profundas de los males consolidados. La amargura y el patetismo presiden un relato que, sin embargo, contiene muchas pinceladas de un humor, claro, sarcástico y satírico.

En esa larga noche, Dostoievski despliega una variada fauna de tipos, todos ellos observados con enorme detalle psicológico, de manera que, transcurriendo la acción por los senderos de la agitación y del desparrame exteriores, el escritor, como siempre hizo, va simultáneamente al mundo interior, al alma de sus personajes, combinando de las detalladas descripciones del ambiente, de los gestos y de las apariencias con la indagación de lo que anida dentro, de lo que perturba el ánimo y el espíritu de sus muchos personajes.

Así describe Dostoievski, por ejemplo, al padre de la novia: “Era un déspota muy extraño. Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado en un sofá, privado del uso de las piernas por cierta enfermedad que, sin embargo, no le impedía tomar vodka. Se pasaba los días enteros bebiendo y maldiciendo. Era un hombre malo al que resultaba imprescindible hacer sufrir constantemente a alguien. Para esto mantenía cerca a varias parientes lejanas: a su hermana, enferma y gruñona, a dos hermanas de su mujer, también malas y de lengua larga, y a una vieja tía, a la que se le había roto una costilla por culpa de un accidente. Mantenía además a una comensal, una alemana rusificada, por su talento para contarle los cuentos de “Mil y una noches”. Todo su placer lo encontraba punzando a todas estas desdichadas parásitas, maldiciendo a cada instante a todas ellas y a todo lo que existiera en el mundo, aunque estas, a excepción de su mujer, que había nacido con dolor de muelas, no se atrevían ni a chistar en su presencia”.

Manuel Hidalgo. El Español

FIÓDOR DOSTOIEVSKI

Le dolía Rusia. Admiraba a Pushkin y Gogol. Enseñó a leer en una cárcel siberiana usando un Evangelio. Adoraba la botella pero le entristecía recordar. Escribió novelas míticas como Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov y centenares de artículos donde se metió en todos los charcos del siglo XIX. Fiodor Mijailovich Dostoievski (Moscú, 1821-San Petersburgo, 1881) usó la prensa para hacer crítica literaria, satirizar a sus adversarios, publicar relatos y avivar debates.

Epiléptico pero no psicólogo. «Sí, tengo epilepsia, desgraciadamente padezco esta enfermedad desde hace 12 años. Pero la enfermedad no es una vergüenza ni obstaculiza la actividad». La epilepsia fue un efecto colateral de su deportación a Siberia por conspirar contra el zar. Rechaza ser el autor de novelas psicológicas. «Me llaman psicólogo: es mentira, solo soy realista en un sentido elevado, es decir, represento toda la profundidad del alma humana».

«Europa no entiende a Rusia. El alma rusa. Un recurrente quebradero. Dostoievski dedica numerosos artículos a analizar la identidad nacional y su encaje en Europa, por la que viajaría en su madurez. «Rusia es para Europa uno de los enigmas de la esfinge», afirma. «Desde el momento en que formó parte de Europa solo le ha prestado servicio, a veces en horrible perjuicio de sus propios intereses». Su discurso patriótico está por todas partes: «Creemos que la nación rusa constituye un fenómeno extraordinario en la historia de la humanidad. El carácter del pueblo ruso es tan distinto al de los pueblos europeos actuales que los europeos no lo han comprendido o lo entienden al revés».

Un periodismo libre. Dostoievski, víctima de la censura en varias ocasiones, era un ardiente defensor de la libertad de prensa: «De otro modo se da derecho a la gentuza a manifestarse y dejar una palabra con una insinuación: seremos víctimas». En otra ocasión escribe: «Nuestros folletinistas firman todos con seudónimos. ¿Es posible que sus nombres contengan algo tan valioso, que es necesario esconderlos tan cuidadosamente de la vergüenza?».

Tereixa Constenla