Vera

23,95  IVA incluido

AUTORA:               Elizabeth Von Arnim

TRADUCTORA:     Clàudia Gispert Codina

Nº DE PÁGINAS:   335

ISBN:                     978-99920-76-08-8

DIMENSIONES:     21,3 cm x 14,5 cm

FORMATO:            Tapa dura

«Miraras adonde miraras, te veías enredado en un recordatorio constante».

La joven e inocente Lucy Entwhistle acaba de perder a su padre —hasta el momento, su única compañía— cuando conoce por casualidad al viudo Everard Wemyss. Maduro, atento y caballeroso, Wemyss la protege y la guía como solía hacerlo su padre. Cuando pasados unos días le pide matrimonio, Lucy, confundida y desamparada, acepta. Sin embargo, una sombra creciente empaña su felicidad: el fantasma de Vera, la primera esposa de Wemyss, que falleció en extrañas circunstancias.

Inspirado en la propia experiencia de la autora y publicado anónimamente en 1921, este clásico del suspense psicológico, indiscutible precedente de Rebecca, de Daphne du Maurier, explora el lado más inquietante y tenebroso del matrimonio.

«Es como Cumbres Borrascosas, pero escrito por Jane Austen» – John Middleton Murry

«Lo habían hecho todo juntos, lo habían compartido todo, habían esquivado juntos los inviernos, se habían instalado en sitios encantadores, habían visto las mismas cosas bellas, habían leído los mismos libros, habían hablado, reído, frecuentado a los mismos amigos, montones de amigos; allí donde fueran, su padre parecía hacer amigos al instante, añadiéndolos a la larga lista de los que ya tenía. No había pasado un día lejos de él desde hacía años; no había querido alejarse. ¿Dónde y con quién iba a ser tan feliz como con él? Todos los años habían sido luz. Nunca hubo inviernos; solo veranos, veranos y dulces aromas y cielos pastel, y una paciente comprensión hacia su lentitud —pues él tenía una mente muy ágil— y amor. Era su compañía más entretenida, el amigo más generoso, el guía que la iluminaba, el padre más entregado…, y ahora estaba muerto. Y ella no sentía nada». Vera

 

 

Editorial

TROTALIBROS EDITORIAL

SINOPSIS

«Ella no sentía nada porque se había quedado detenida, en suspenso, sin saber qué hacer, qué decir o cómo actuar. Su padre había sido su compañía, su faro, su fuente de felicidad durante años y, ahora que había muerto, ella se siente terriblemente desamparada.

Ella no es la Vera del título de esta novela de la que hoy os vengo hablar. Ella se llama Lucy y, cuando pierde a su padre, aún no sabe nada de Vera. No, Lucy no sabe, pero Lucy sabrá.

Lucy es joven. Ha vivido siempre bajo el ala protector de su padre, lo cual le ha impedido desplegar sus propias alas. Su padre era un hombre generoso, afable, inteligente, lúcido y con un buen puñado de amigos que compartían con él inquietudes intelectuales y afecto por Lucy.

Padre e hija se encuentran pasando unos días en Cornualles cuando a ambos les sorprende la muerte del primero. Es en ese estado de aletargamiento descrito al inicio de esta entrada como a ella la sorprende Everard Wemyss.

El señor Wemyss, ya por la cuarentena, también se ha alejado unos días de Londres. En su caso, más que ser un viaje por placer, ha sido casi una escapada por obligación. La sombra de «el monstruo de la opinión pública» es alargada y no le ha quedado otra que aislarse y pasar unos días en soledad, lo cual parece que es lo que todo el mundo espera que haga un hombre que acaba de enviudar.

El flamante viudo lleva ya dos días sin cruzar palabra con nadie y al descubrir a la solitaria Lucy decide entablar conversación con ella. Lucy se muestra reacia al principio, pero, al enterarse de la común circunstancia de duelo de su interlocutor, siente una repentina simpatía por él. Además, Everard se muestra atento, solícito. Pronto pasará a encargarse de todas las molestas gestiones que acarrea una defunción y le brindará a la joven compañía y consuelo. Comienza así a hacerse indispensable para Lucy, quien pasa con total naturalidad del cobijo bajo el ala del padre al de ese desconocido de repente convertido en amigo. En cuanto a Everard, «él se dio cuenta, vio que Lucy se aferraba a él, y eso le complacía».

Sin embargo, el señor Wemyss es muy distinto del señor Entwhistle, el padre de Lucy, hecho que a la reciente huérfana, a pesar de lo que idolatraba a su progenitor, parece no importarle en demasía, es más, incluso lo agradece. Y es que «Everard la hacía sentir cómoda. Nunca había conocido a nadie en quien fuera tan cómodo apoyarse a nivel mental. […] era un verdadero lujo. Qué descanso escucharlo hablar. No hacía falta pensar. Según él, las cosas eran así o asá. Con su padre las cosas nunca habían sido así o asá, y uno tenía que fruncir el ceño, concentrarse y esforzarse para entender los matices, infinitamente variados, delicados y complicados. Por su parte, Everard simplemente lo dividía todo en solo dos categorías, blanco como la nieve, o negro como el carbón, lo que le resultaba a Lucy tan relajante como una misa. No tenía que sudar ni preocuparse, bastaba con entregarse». Everard, además, espera de ella mucha más entrega que preocupación, pues «lo único que le pedía a una mujer era dedicación».

La incipiente amistad entre Lucy y Everard deriva pronto en declaración de amor, esta en breve noviazgo y este en inesperado matrimonio. Pero el matrimonio no es como Lucy pensaba que sería. «No había pasado ni una semana desde su boda cuando empezó a reflexionar sobre lo inconveniente que era que aquel éxtasis pareciera tan efímero. Además, consideró que estaba mal pensado lo de empezar en el punto álgido y, en consecuencia, poder avanzar solo hacia abajo; consideraba que, si uno pudiera empezar su matrimonio con un nivel de éxtasis moderado e ir subiendo a paso firme, sin prisa, sabiendo que iba a haber cada vez más y más, sería tanto mejor».

Sí, Lucy empieza a pensar porque empieza a tener experiencias propias. Lucy empieza a saber aunque le cuesta asimilar lo que aprende sin buscar constantemente excusas. Le ocurre también algo muy frecuente, que es que aquello que al principio gusta y enamora de la pareja termina por convertirse en algo que plantea serias dudas e incluso disgusta.

A Lucy comienza a escamarle esa ya no solo falta de curiosidad sino rechazo hacia ideas y opiniones diferentes a las propias que ostenta continuamente su marido. Acostumbrada a las enriquecedoras conversaciones y a los incansables debates entre su padre y sus amigos, «Lucy empezaba a percibir que, para Everard, la discusión solo significaba contradicción, y a él no le gustaba la contradicción, ni siquiera le gustaba la diferencia de opinión. «Solo hay una manera de ver las cosas, y esa es la manera correcta. Así pues, ¿qué sentido tiene tanta palabrería?», solía decir. La manera correcta era la suya, y aunque él parecía vivir en una gran calma gracias a sus métodos directos e incontestables, y aunque, después de los dolores de cabeza que le habían dado su padre y sus amigos, esto era para ella inmensamente descansado, ¿era realmente algo bueno? ¿No le impedía a uno crecer? ¿No era una manera de aislarse? ¿No era, francamente, como estar muerto? Además, albergaba ciertas dudas sobre que solo hubiera una manera de ver las cosas y le resultaba difícil creer que esa manera fuera, invariablemente, la de Wemyss». Para más inri, la manera correcta de Wemyss comienza a hacérsele a Lucy harto difícil de predecir.

Los disgustos de Everard son cada vez más patentes. Haga lo que haga o diga lo que diga Lucy, o incluso deje lo que deje de hacer o decir, nunca está a la altura de lo que su esposo espera de ella. Primero son cambios de expresión en el rostro de Everard los que delatan su decepción. Después, comenzarán sus silencios hirientes que abren abismos. Más tarde, las palabras y comportamientos crueles que son como pedradas y cuchillos afilados. Lucy desconoce al hombre con el que se ha casado. Siente que el amor que tan feliz la ha hecho la ha convertido en miserable. Descubre que la invade el miedo. Primero es miedo a herir a su amado con sus comportamientos y palabras que no aciertan a ser los adecuados. Después, miedo a ser ella la herida por las desproporcionadas reacciones de Everard. Finalmente, miedo a no ser capaz de vivir con miedo.

«Quizás ya hacía mucho tiempo que le daba miedo de forma inconsciente. ¿Qué era esa humillación que había sentido durante la luna de miel, ese ansioso deseo de complacer, de evitar cualquier ofensa, sino temor? Era un amor con miedo, miedo a ser herida, a no llegar a ser capaz de creer incondicionalmente, a no llegar a ser capaz —esa era la peor parte— de enorgullecerse de su amado. Pero ahora, después de lo que había vivido hoy, el miedo que sentía era algo más aislado, más definido, algo independiente del amor. Era extraño tenerle miedo y amarlo a la vez. Quizás no le tendría miedo si no lo amara. Sí, era lo más probable, porque, en ese caso, nada de lo que Wemyss dijera le llegaría al corazón. Pero se le hacía imposible imaginar eso. Él era su corazón».

Elpaxaruverde

LA AUTORA

Elizabeth von Arnim (de soltera Mary Annette Beauchamp) nació en 1866 en Sídney, Australia. Prima de la escritora Katherine Mansfield, tras terminar sus estudios en Inglaterra, conoció a un viudo barón alemán, Henning August von Arnim-Schlagenthin, en un viaje a Italia que hizo junto a su padre. Dos años después, cuando tenía veinticuatro, se casó con el barón Von Arnim y se estableció en sus propiedades en Pomerania. Aunque el matrimonio nunca funcionó por culpa de las constantes infidelidades del barón, no se separaron y tuvieron cinco hijos. Elizabeth se refugió de la infelicidad de su matrimonio entregándose a la escritura. Su primera novela, Elizabeth y su jardín alemán (1898), fue un éxito inmediato. En 1910, el barón Von Arnim murió y Elizabeth se mudó con sus hijos a Suiza, donde empezó una relación amorosa con H.G. Wells. Sin embargo, al descubrir que le era infiel con la escritora Rebecca West, Elizabeth volvió a Londres. Allí se casó con John Francis Russell, hermano del filósofo Bertrand Russell, pero no tardaron en separarse, aunque nunca se divorciaron. De este desastroso matrimonio, nació Vera (1921), que publicó anónimamente y cuya salida a la luz suscitó mucha polémica. De su obra también cabe destacar Un abril encantado (1922), Amor (1925) y Expiación (1929). En 1936 publicó su célebre autobiografía Todos los perros de mi vida. Elizabeth von Arnim pasó sus últimos años viviendo en Estados Unidos y Suiza, hasta que murió víctima de una gripe en 1941, en Carolina del Sur.