Mendel el de los libros

10,00  IVA incluido

AUTOR:                        Stefan Zweig

TRADUCTORA:            Berta Vias Mahou

ISBN:                            978-84-96834-90-3

ENCUADERNACIÓN:  Rústica

FORMATO:                  12 x 18 cm

PÁGINAS:                    64

Escrito en 1929, Mendel el de los libros narra la trágica historia de un excéntrico librero de viejo que pasa sus días sentado siempre a la misma mesa en uno de los muchos cafés de la ciudad de Viena. Con su memoria enciclopédica, el inmigrante judío ruso no sólo es tolerado, sino querido y admirado por el dueño del café Gluck y por la culta clientela que requiere sus servicios. Sin embargo, en 1915 Jakob Mendel es enviado a un campo de concentración, acusado injustamente de colaborar con los enemigos del Imperio austrohúngaro. Un breve y brillante relato sobre la exclusión en la Europa de la primera mitad del siglo XX.

«Mendel el de los libros es un librito delicioso, escrito con el mimo y la elegancia que caracterizan los retratos vieneses de Zweig».
Joan de Sagarra, La Vanguardia

«Estupendo relato, que les recomiento vivamente».
Manuel Rodríguez Rivero, El País

«Mendel el de los libros no sólo es un tributo al apasionante universo de la literatura, a los mundos asombrosos que se esconden en las páginas de los libros, sino también un homenaje al libro como figura material».
Victoriano S. Álamo, Canarias 7

«Un canto épico de los libreros, una sencilla historia de humanidad y un manifiesto antibelicista».
Ángel García Prieto, El Correo de Zamora

«Zweig refleja en este relato magnífico toda su nostalgia por la antigua Europa, plural, diversa y tolerante, cuya pérdida le parece irredimible».
Pedro Gandolfo, Revista de Libros (Chile)

«Una breve pero inolvidable novela que denuncia una infamia premonitoria: Zweig adivinaba quizá que Europa se empañaría con las negras nubes del oprobio y la desolación al escribir esta historia, quizá simple, pero no por ello menos creíble y sustanciosa».
Milenio (México)

«En un género tan transitado y en un tema por demás tan escrito, Mendel el de los libros se recorta con una verdad tan filosa que hiere desde los ojos hasta el corazón».
Luis Gusmán, Cuaderno Waldhuter

 

Editorial

ACANTILADO

SINOPSIS

Hay autores que se empeñan en desarrollar una historia durante páginas y páginas… y más páginas. Hay lectores que se sienten más satisfechos consigo mismos, llenos de vanidad quizá, cuando leen una obra que ronda las mil páginas en lugar de las cien.

No obstante, pese a que las novelas monumentales han sido consideradas, y lo siguen siendo a día de hoy, el canon más inamovible (pensemos en el Moby Dick de Melville, La montaña Mágica de Mann o casi cualquiera de Dostoievski), para mí la dificultad está en los textos breves.

Ser capaz de transmitir verdadera ternura, tristeza y pasión en tan solo un puñado de páginas es ciertamente más complejo, todo tiene que estar más medido, milimétrico casi, para poder producir el efecto deseado en el lector.

Esto es lo que Stefan Zweig, autor desconocido para mí hasta la fecha, consigue hacer en Mendel el de los libros. Novela corta, de tan solo 57 páginas, publicada originariamente en 1929 y que, como casi toda la obra de Zweig en España, puede leerse en nuestro idioma gracias a la editorial Acantilado.

Yo había oído tiros y no sabía por dónde. El incremento de mi actividad lectora en los últimos años me ha llevado a oír y reconocer nombres que para mí no existían. Así, no dejaba yo de ver libros del tal Stefan Zweig en las redes sociales de editoriales, librerías y demás prescriptores de literatura. Mi mente asoció al autor, quizá por la reciente publicación de sus diarios, con la no ficción.

El caso es que recientemente supe que no, que de entre lo mucho, muchísimo, que este autor nos ha legado, la mayoría de sus creaciones son precisamente novelas. Casi al mismo tiempo supe, gracias al podcast El café de Mendel, que había un libro de Zweig que quería leer: Mendel el de los libros

Se podrán imaginar que el podcast en cuestión se llama así por este relato y que el asunto llamó poderosamente mi atención. El caso es que en pocas semanas me hice con un ejemplar y lo que sucedió cuando lo abrí para leerlo merece un epígrafe aparte en esta historia.

Zweig nos presenta a Mendel, poco más que un hombrecillo, ya mayor y enjuto, que se dedica a pasar sus días sentado a la mesa de un café, en el que le dejan estar y consumir sin coste alguno. Mendel tiene dos grandes cualidades. La primera es su memoria prodigiosa, la segunda, una capacidad casi divina para concentrarse. Mientras Mendel lee, en el café Gluck pueden estar de obras, hablando a su alrededor, incluso parloteando sobre él mismo, que a menos que un estruendo le saque del trance, nunca levantará la vista de su libro y, por supuesto, no apreciará que la estancia a su alrededor ha cambiado gracias a la nueva reforma.

A eso es a lo que se dedica Mendel, a leer, a memorizar datos. Es así como, el narrador de esta historia nos cuenta que un día conoció a Mendel porque un amigo lo llevó hasta su mesa del café. Por entonces el joven narrador, del que apenas sabemos nada, estaba haciendo un trabajo de investigación y necesitaba ayuda con la documentación. En tan solo unos minutos, Mendel le dio unas cuantas docenas de títulos. En su memoria, como una Biblioteca Universal, estaban archivados todos los libros (en sus diferentes ediciones) que habían pasado por sus manos o fugazmente por el rabillo de su ojo brillante.

En eso consistía el trabajo de Jakob Mendel, en conseguir libros para otros a módico precio, en recomendar ejemplares sobre tal o cual tema, en ir a recoger otros cuando ya no eran deseados por sus dueños. Así pasaba la vida, sin meterse con nadie, sin leer los periódicos, sin ser consciente del perpetuo avance y retroceso de la sociedad en la que, de forma inevitable e irremediablemente, se hallaba inmerso.

Hasta que estalló la guerra.

El austríaco se sirve de un personaje inmigrante, ruso, para más inri, afincado en Austria y que nunca ha pedido la nacionalidad austríaca. ¿Por qué? Fácil. Mendel está fuera de eso. Le da igual ser ruso de nacimiento, austríaco oficialmente o de la Conchinchina, él vive ajeno a todo ese alboroto social que, en la mayoría de ocasiones (sí, incluso en estos tiempos nuestros) no es más que ruido. Por eso lo tiene crudo, y todo empieza ir a peor, cuando durante la Primera Guerra Mundial le cazan mandando cartas a países enemigos y le llevan a un campo de concentración.

Ni que decir tiene el contenido de estas cartas era totalmente inocuo: Mendel solo reclamaba la suscripción a una publicación o el envío de ciertos libros que ya había pagado por adelantado.

El final de Mendel es el de muchas vidas. Una persona sola que cae fácilmente en el olvido. En el relato de Zweig se juntan dos personajes que le conocían, que reconstruyen su historia, y que se unen a través del recuerdo del entrañable Mendel. De esta forma, el escritor emplea una historia aparentemente pequeña, la de un hombre entregado fielmente al universo infinito de los libros, para hablarnos sobre lo universal, sobre la guerra, sobre el absurdo de las disputas humanas, sobre un hecho histórico que afectó incluso a aquellos que se mantenían al margen que, como Mendel, nada sabían, ni querían saber, de un conflicto que escapaba a todo control del ciudadano medio.

Conseguir llevarnos de la mano junto a Mendel, que le conozcamos, que nos produzca ternura, que al final de la lectura quedemos devastados, en tan solo 57 páginas, solo puede significar (y, ojo, que no he leído nada más de Zweig, pero pongo la mano en el fuego y no me quemo) que estamos ante un verdadero genio. A veces la grandeza no está en los volúmenes más extensos, en los textos complejos, sino en aquellos a través de sus páginas le llevan a uno a un viaje del que ya no vuelve siendo el mismo.

La conclusión del autor al final de este relato sobre Mendel es el poso que le queda al lector y es justamente lo que sucede con esta historia: un relato para no olvidar jamás.

Mendel, ya para siempre, se paseará junto a todo aquel que se haya aproximado a su historia.

Silvia Panadero

EL AUTOR

Stefan Zweig: vida y muerte de un impaciente

«¡Saludo a todos mis amigos! ¡Ojalá que todavía puedan ver la aurora después de la larga noche! Yo, demasiado impaciente, parto antes que ellos», se lee en la nota de suicidio que dejó escrita Stefan Zweig,

Stefan Zweig. Nació en Viena en 1881 en una familia de la gran burguesía judía. Desde muy joven comenzó a a publicar en prensa y se convirtió en un autor de gran éxito que cultivó una gran variedad de géneros literarios. La Primera Guerra Mundial afianzó sus convicciones pacifistas. La Segunda lo condujo al exilio: tras pasar por Inglaterra llegó a Brasil, donde se suicidó con su segunda esposa en 1942. El que fuera impaciente por vivir, fue también impaciente por morir y se saltó el turno, suicidándose junto a su esposa en febrero de 1942. Estaba en la ciudad brasileña de Petrópolis donde se había refugiado, abandonada ya la geografía de Europa y, sobre todo, una concepción de esa Europa que había vivido y de cuya extinción malamente pudo recuperarse.

Autor de gran éxito en vida, en este exilio acabó su «falsa autobiografía» —como la denomina Moreno Claros— El mundo de ayer, donde «más que dar referencia del hombre la da de su época, y más que radiografiarse a sí mismo, el autor radiografía a Europa». Sea como fuere, la biografía del autor y la historia de Europa quedaron entrelazadas: una se explica en la otra y al revés. En este artículo, Luis Fernando Moreno Claros recompone los capítulos esenciales de la vida de Stefan Zweig y ofrece así un entrante «de autor» al libro Stefan Zweig. Vida y obra de un gigante de la literatura, la biografía que acaba de publicar en la editorial Arpa.

Franz Kafka escribió en sus «Cuadernos en octavo» una breve parábola sobre el suicidio. Dice así: «El suicida es el prisionero que ve erigir un cadalso en el patio de la prisión, cree erróneamente que está destinado para él, en la noche escapa de su celda, baja y él mismo se ahorca».

Si tomamos literalmente las palabras de despedida que el famoso escritor vienés Stefan Zweig (1881-1942) dejó manuscritas al final de su nota de suicida, es fácil asociarlas con la parábola de Kafka. Aquel último adiós rezaba así: «…¡Saludo a todos mis amigos! ¡Ojalá que todavía puedan ver la aurora después de la larga noche! Yo, demasiado impaciente, parto antes que ellos».

La impaciencia fue una de las características evidentes de la personalidad de Zweig. Todo tenía que ser rápido en su vida y también en su obra. Era un hombre incapaz de esperar, inhábil para la mesura y la tranquilidad. Su suicidio en compañía de su segunda esposa, Lotte Altmann, fue fruto de un estado de depresión y de desilusión que había ido gestándose durante la última década de su vida, pero igualmente de la impaciencia por que acabara una situación que se le volvía más insostenible cada día. Incapaz de superar una circunstancia —que él creía sin salida— con la lucha por la vida, que veía totalmente amenazada por los avances de los nazis en la Segunda Guerra Mundial (era el año 1942), decidió hacerlo con la muerte: el escape definitivo del mundo.

En realidad, la Primera Guerra Mundial supuso ya una cesura muy profunda en la vida de Zweig. El estallido de esa guerra acabó con el mundo de ayer, y supuso el adiós definitivo a la belle époque también para el escritor. Los cuatro años de contienda lo marcaron profundamente; tenía treinta y tres años en 1914, tuvo suerte y no se vio obligado a empuñar las armas, vistió el uniforme austriaco, pero sólo para trabajar en el servicio de propaganda; como profesional de las letras, lo enrolaron para embellecer con la palabra historias de guerra, verídicas o inventadas, que tenían que servir para fortalecer la moral patriótica del gran público. Zweig realizó esta tarea con desagrado; cualquier tipo de imposición lo amargaba, de ahí que ese estado de guerra supusiera para él una situación nefasta. Aunque la vivió desde la retaguardia, desde el primer día le pareció un sinsentido, un atavismo que nada tenía que ver ya con la culta civilización europea. Su disgusto lo expresó en los diarios que llevó durante esa época; la guerra le impidió ejercer su libertad como ciudadano privado, viajar a donde quisiera y proseguir con su rica actividad literaria, pues sólo la pasión que sentía por la literatura y el mundo cultural que la rodeaba daban sentido a su existencia.

Del pacifismo al erotismo

La única producción de Zweig digna de mención de esos años de plomo fue la tragedia Jeremías, un dramón bíblico que, cuando se estrenó en 1918, poco antes de que se firmara la paz, tuvo un éxito colosal. Por boca del profeta, el austriaco denunciaba el absurdo de cualquier guerra. Ese fue su debut como acérrimo pacifista. Aquellos cuatro años improductivos lo marcaron para el resto de su vida: le dejaron un regusto amargo en el fondo del alma; más tarde, en cartas a los amigos, les aseguraba que la guerra le destrozó los nervios y le privó de vivir una época que podía haber sido de las más felices, puesto que todavía era joven y vigoroso. En lugar de eso tuvo que padecer la miseria y la pérdida de tiempo que le echó encima aquel período de la historia.

Aun así, fue en las décadas de entreguerras cuando Zweig alcanzó su mayor éxito como escritor. Las semblanzas biográficas de Hölderlin, Kleist y Nietzsche cosecharon un gran éxito; aunque fueron sus Novellen («novelitas», relatos más o menos largos) las que le granjearon una fama que no hacía más crecer, inaugurada en serio con el volumen titulado Amok. Novelas de pasión. Contenía los relatos «Carta de una desconocida», «El loco homicida» y «Noche fantástica», entre otros. Historias más antiguas como «Ardiente secreto» o «Miedo» se editaron de nuevo y, junto con «Veinticuatro horas de la vida de una mujer» y «Confusión de sentimientos» (un relato dedicado a la homosexualidad masculina), dieron a Zweig una popularidad extraordinaria. Pasaba por ser un escritor de «novelas eróticas». Una especie de erotismo hoy muy soft, pero atrevido para su época desde el punto de vista literario. El público femenino era su público más fiel. Y no era extraño, puesto que en muchas de esas historias, la mujer y sus deseos de liberación quedaban bien patentes: Zweig no juzgaba las infidelidades matrimoniales, tampoco a las madres solteras ni a las mujeres que se dejan llevar por la pulsión erótica, e incluso, defendía la legalidad del aborto.

La fama como carga

El éxito le sonrió igualmente con la biografía del político arribista Fouché, así como con los espléndidos relatos de la vida de dos reinas decapitadas: María Antonieta y María Estuardo. Pero el éxito le volvió todavía más intranquilo. Se conocen cartas a los amigos y a su primera esposa, Friderike, que testimonian lo mucho que le costaba «tragar» con su inmensa popularidad; escribía que le gustaría ser una persona anónima, o tener un doble que se encargara de cargar con aplastante peso de la fama. Verse en la obligación de atender cientos de cartas diarias, recibir incontables invitaciones para charlas y entrevistas, y además, tener que seguir produciendo para mantener su obra a la altura deseada por el público, todo aquello le agobiaba, y a menudo era la causa de frecuentes depresiones. En ocasiones deseaba abandonar esa vida y ocultarse en lugares donde nadie lo conociera. De manera inconsciente, quería que su vida diera un cambio que le enseñara a recuperar el gusto por levantarse cada día sin exigencias con las que cumplir, un cambio que lo librara de sus responsabilidades como escritor superventas. Poseía más de 10.000 volúmenes en su biblioteca de la mansión de Salzburgo en la que residía junto con Friderike, tenía una colección extraordinaria de manuscritos de sus autores favoritos (Goethe, Rilke y Schopenhauer entre ellos), pero todo eso le sobraba porque se veía incapaz de disfrutarlo en privado: la fama lo convertía en dependiente de los otros, y Zweig detestaba ceder su libertad.

Para su pesar, el cambio anhelado llegó el año 1934, pero de la manera menos apetecible y esperada. Austria, república independiente ya, tras la disolución del Imperio austrohúngaro, cayó en manos de un gobierno protofascista y antisemita, y Zweig fue señalado como enemigo. Un registro perpetrado en su casa, en busca de unas armas ficticias, alertó al escritor de lo que podría sucederle más delante. Al poco tiempo, se instaló en Londres y, con ello, puso un pie en el exilio. Siguió viviendo entre la metrópoli británica y el continente (París, sobre todo, y Suiza), pero ya nada fue igual (era otro «mundo de ayer que perdía»). Con Hitler y las nazis en el horizonte, vio su vida quebrada, y también, que Europa iba a tomar un derrotero que le afectaría de manera ineludible.

De mal en peor

De 1936 en adelante la situación en Europa fue de mal en peor desde el punto de vista político. Entretanto, Zweig se divorció de Friderike y se casó otra vez, con una chica joven que contrató como secretaria. Había esperado rejuvenecer con esta nueva relación, porque lo que aterraba a Zweig además de la guerra era el paso del tiempo: cumplir los cincuenta años fue ya para él una tragedia; los sesenta le llegaron en Petrópolis, la ciudad de Brasil en la que finalmente terminó recluido junto a Lotte, exiliados ambos definitivamente de Europa. Esta ciudad fue su cárcel, una cárcel dorada, en un principio, pues a los Zweig les encantaba el exotismo local, la bondad y humildad de los moradores, lo baratas que eran allí las cosas, la belleza del paisaje selvático y tropical que les rodeaba. Pero conforme pasaban los meses aquel paraíso les resultó opresivo: ¿dónde estaban allí los amigos con los que charlar de literatura y de arte y música, lo mismo que en Europa? ¿Dónde estaban las magníficas bibliotecas con los libros en inglés, francés, italiano y alemán que Zweig necesitaba consultar, entre otras muchas cosas, para terminar su obra magna sobre el gran Balzac? Y además, Lotte padecía de asma, y el clima de Petrópolis no le sentaba tan bien como esperaban. Podían volver a Nueva York, donde ya habían estado varios meses, pero allí, la inmensa fama de Zweig lo convertía en presa fácil para la multitud de conocidos que esperaba algo de él: en Europa había estallado la guerra de Hitler y cientos de miles de judíos necesitaban ayuda para emigrar a América, muchos se la pedían a Zweig; estas demandas lo desbordaban, las atendía cuanto podía, pero le impedían trabajar. Esa saturación le llevó a refugiarse en Petrópolis.

Allí terminó de redactar su autobiografía, El mundo de ayer, tal vez hoy el libro más celebrado del vienés. Es una falsa autobiografía, puesto que más que dar referencia del hombre la da de su época, y más que radiografiarse a sí mismo, el autor radiografía a Europa. Y es un libro triste y sin esperanza en el futuro. También escribió su último relato: «Novela de ajedrez»; el más famoso de todos. En él, un hombre solo planta cara a las temibles SS y la Gestapo mediante una evasión mental en un tablero de ajedrez imaginario, pero terminará pagando su osadía con la locura.

La posteridad no puede esperar

Apenas cumplidos los sesenta años, Zweig se sentía viejo. En su soledad a dúo con Lotte, cayeron en sus manos Los ensayos de Montaigne. Los leyó con pasión y comenzó a escribir una semblanza del erudito francés, que nunca llegó a terminar. En esa obra magnífica topó con los pasajes que Montaigne dedica al suicidio y a Séneca. El célebre estoico romano veía la muerte como la «sanadora de todas las enfermedades» y el suicidio como el acto supremo de libertad del ser humano. Zweig se sintió directamente interpelado por aquellas reflexiones. Pocos días antes de que Lotte y él se suicidaran tomando veronal el 23 de febrero de 1942, los japoneses atacaron Pearl Harbour. Entre los barcos destruidos por la aviación nipona hubo algunos de pabellón brasileño. Getúlio Vargas, presidente de Brasil, que había acogido a los Zweig con los brazos abiertos mientras dejaba fuera del país a otros exiliados judíos llegados de Austria y Alemania, entraba en la guerra mundial a favor de los aliados. A Zweig le pareció que esto era un signo de que el favor del que gozaba en Brasil estaba a punto de terminar: le tacharían de enemy alien (enemigo extranjero), tal vez lo recluirían en un campo para refugiados, puesto que los brasileños lo verían como un forastero que hablaba alemán; o, tal vez, Hitler y sus ejércitos llegaran a invadir Brasil… Su desesperación le indujo a oír cómo en alguna parte construían un cadalso para él. Sin esperar los acontecimientos, convenció a Lotte para que le siguiera al más allá. Ésta, débil y enferma, secundó el deseo de su marido y ambos tomaron la decisión de poner fin a sus vidas. Poco antes del final, Zweig se aseguró de que varias copias del manuscrito de su «Novela de ajedrez», mecanografiadas en limpio por Lotte, llegasen sanas y salvas a sus editores en Latinoamérica, Norteamérica y Europa. Era consciente de su fama y quería perpetuarla después de su desaparición.

La muerte de los Zweig fue vista por muchos como una traición del escritor a los cientos de miles de personas que habían obtenido consuelo con sus obras, así como a todos cuantos en tiempos de oscuridad hacían lo posible por derrotar a Hitler con la palabra o las armas. Thomas Mann calificó a Zweig de «hombre débil» en una carta a Friderike. Y ella misma aseguró que de haber estado a su lado en Petrópolis, su exmarido no se habría suicidado: su presencia le habría dado valor para disipar de su mente aquellas negras ideas imaginarias.

Luis Fernando Moreno Claros